La quilla

El SOS de Puigdemont


Creo que el Gobierno ha sabido interpretar correctamente los signos que emitió Puigdemont el martes. Quizá percibió, en el trasfondo del discurso deliberadamente confuso del presidente de la Generalitat, algún sonido parecido a una llamada de socorro. El SOS desesperado de quien se ha metido en arenas movedizas y, mientras se hunde irremisiblemente, no tiene fuerzas para retroceder ni avanzar. O tal vez pensó Rajoy que si el discurso indignó a la CUP y a sus acólitos, abriendo una brecha en el frente soberanista, conviene explorar esa vía de agua antes de lanzarse a degüello.

Puigdemont intentó durante toda la tarde del martes la búsqueda de un equilibrio imposible: mantener unidas a las huestes independentistas y no romper amarras definitivamente con el Estado. A las primeras les ofreció un documento extraparlamentario, precisamente la declaración de independencia que la CUP esperaba escuchar. Y al segundo lo obsequió con su prenda más preciada: su día de gloria, su renuncia a la frase histórica que lo trasladaría, ipso facto, al panteón de los mártires por Cataluña. Defraudó a todos, claro.

¿Y su apelación al diálogo y la mediación? Simple añagaza retórica para ganar tiempo y pretexto para evitar que los suyos lo colgasen a la salida del Parlamento. Porque Puigdemont será un golpista, pero no necesariamente un estúpido. Él sabe que, en esta fase terminal, las puertas del diálogo están selladas a cal y canto. ¿Cómo va a pretender que el Estado español negocie con la república catalana de los 48 segundos? ¡Estaría bueno que España fuese el primero y único país del mundo que reconociese de facto, por sentarse de igual a igual, al Estado catalán!

Sospecho que la reflexión del Gobierno, compartida esta vez con el PSOE, transcurrió por esos derroteros. Y por eso, al mismo tiempo que iniciaba la cuenta atrás para activar el 155, Mariano Rajoy prometía una reacción «serena y prudente».

Si es así, acierta, porque conviene repetirlo una vez más: el 155 no es la espada flamígera que tomas de la armería, la empuñas y expulsas a Puigdemont de la Generalitat y a los nacionalistas de la calle. Primero hay que forjar el acero -la Constitución apenas diseña el arma- y eso, afortunadamente, lleva tiempo: permitirá observar cómo evoluciona la situación y ver si se agranda la brecha abierta en el separatismo. En segundo lugar, Puigdemont tiene derecho a ser escuchado y tendrá al menos dos oportunidades de aclararse e incluso de retomar la legalidad si realmente era un SOS lo que oímos. Y finalmente, habrá que fijar las «medidas necesarias» que establece el 155: ni un ápice más para que el remedio no sea peor que la enfermedad. Sin atajos. Así que conténgase, señor Rivera.

El primer paso está dado. Puigdemont tendrá que decir si declaró o no declaró la independencia. La pelota del primer set está ya, limpiamente, en su tejado.

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