Una voz de cordura en el manicomio


De la duda a la duda, pasando por la duda. Ese podría ser el eslogan de estos días, igual que hace 41 años el eslogan era «de la ley a la ley pasando por la ley». El martes nos acostamos con la duda de si Puigdemont había proclamado la independencia. El miércoles terminamos la jornada con la duda de si Rajoy aplica el artículo 155 de la Constitución y si tiene razones para aplicarlo, porque incluso en el Congreso hubo quien sostuvo (Aitor Esteban, PNV) que no había motivos, porque el presidente catalán no había proclamado la independencia. Pero no nos engañemos: el requerir al presidente de comunidad «que actuare de forma que atente gravemente al interés general de España» forma parte de ese artículo. Por tanto, se ha empezado a aplicar. Ciertamente, a la gallega. Ciertamente, amodiño. Ciertamente, sin alharacas incendiarias.

Ahora queda por ver qué responderá Puigdemont, pero tampoco hay que echarle mucha imaginación: le importa más quedar como un héroe que como un cobarde ante su clientela, que eso es lo que se dirime en el ámbito nacionalista. Como hombre de sentido común ante todos los demás. Si esa es su lógica, dirá que proclamó la independencia, que la seguirá proclamando, y ya tenemos el lío organizado. Pero no nos entretengamos todavía en futuribles ni profecías. Lo que estamos viendo estos días, tanto en el Parlamento catalán como en el de todos, es la consolidación de dos muros: el levantado por quienes se creen en la misión histórica de romper con esa morralla autoritaria, cuando no fascistoide, llamada Estado español, y el que construyó el hombre de la razón legal, que se llama Mariano Rajoy.

Ambos muros se enfrentaron ayer en el Congreso. ¡Por fin el Congreso debatía sobre Cataluña! ¡Por fin se dedicaba una sesión plenaria al problema político número uno! Y tengo que exponer una conclusión única: Rajoy puede haber cometido graves errores en la gestión del conflicto. Puede haber negado soluciones políticas cuando todavía eran posibles. Puede haber descargado demasiado en jueces y fiscales. Pero hay que reconocerle un mérito: es de los pocos, por no decir el único, que pone un poco de cordura en el manicomio. Cuando defiende el imperio de la ley es imbatible, por mucho que lo contradigan ilustres portavoces. Cuando marca los límites del diálogo difícilmente se le puede rebatir. Y así, en cada una de sus intervenciones. No me suelo prodigar en elogios al señor Rajoy, y menos en la cuestión catalana. Pero reconozco que escucharle produce una sensación de tranquilidad. Y algo que me empieza a inquietar: si no estuviera Rajoy, ¿quién se le puede comparar en parsimonia e incluso en sentido de Estado? Sigo pasando de la duda a la duda, vaya por Dios.

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