lejano oeste

Lecciones internacionales para salir de este embrollo


La lista de los grandes engaños del independentismo catalán es inmensa. Pero entre ellos sin duda está la matraca de que España es el país menos democrático de su entorno, porque todos los Estados desarrollados reconocen el derecho de autodeterminación que se le niega a Cataluña. 

Vayamos por parroquias. Lo más parecido al camino a Ítaca que promete Junqueras es el Quebec. Allí, las dos veces que el Parti Quebecois ha tenido mayoría se ha celebrado un referendo. El primero lo toleró el padre del actual primer ministro, Justin Trudeau, en 1980. Lo hizo para zanjar el tema, cuando las encuestas daban un 18 % de apoyo al sí. La realidad es que el sí perdió, pero obtuvo un respaldo del 40 %, y se sentó un precedente.

Los indepes volvieron al Gobierno y celebraron el segundo referendo en 1995. El resultado fue un empate técnico, apenas un punto a favor del no. Y sobre todo una gran división social y una fuga de empresas como la que hemos visto estos días en Cataluña (y no, no han vuelto). En ambos casos la consulta fue permitida por Ottawa, pero jamás se regularon las consecuencias de una eventual victoria del sí. Para acabar con las dudas, en 1999 el Parlamento aprobó la Ley de Claridad, que le da manga ancha al Gobierno central en los dos asuntos claves: el porcentaje de síes necesarios para lograr la independencia (Trudeau hijo ya ha dicho que dos tercios) y los territorios que entrarán o no en el lote (¿Se imaginan una Cataluña independizada sin Barcelona y su área industrial?).

La otra gran letanía es Escocia: el Reino Unido demuestra su madurez democrática y reconoce el derecho a decidir de los escoceses. La realidad es más compleja: Cameron apostó Escocia, como el gran tahúr que es, porque las encuestas le anunciaban una victoria del no del 70 %. Ganó por los pelos, 55 % (luego siguió en el casino y perdió el Reino Unido entero en el referendo del brexit). Pero para siempre ha quedado claro que, en base a la Scotland Act (su estatuto de autonomía), la potestad de convocar un referendo es de Londres. Incluso después del brexit.

El resto de ejemplos de la narrativa indepe van en la misma dirección. El Véneto, donde gobierna la Liga Norte con el 60 % de los votos, convocó un referendo en el 2014. Renzi lo llevó al Constitucional, que lo tumbó. Lo acataron y a otra cosa. Ese mismo año, el Constitucional alemán zanjó una petición para independizar Baviera en una resolución que ocupó literalmente una línea: esto en Alemania no se puede hacer. En Francia, el primer ministro Manuel Valls hizo una gran fusión de regiones administrativas que incluyó a Alsacia. Y ante la queja del Gobierno regional proclamó: «No existe el pueblo alsaciano. Existe un único pueblo y es el francés».

Los últimos dos estados americanos que se atrevieron a plantear referendos de independencia fueron Alaska (2006) y Tejas (2015). En ambos casos, el último bajo la administración Obama, se remitió a la sentencia Tejas versus White de 1869, en la que se proclamó la «unión perpetua de estados indestructibles».

Superado el trance actual, la solución en Cataluña habrá que buscarla a largo plazo. Y solo hay dos opciones: independizar un solar (ahora incluso los de la CUP saben que el coste de la república catalana sería la absoluta ruina) o que ocurra lo que ha acabado pasando en el Québec. Que vuelva a molar ser canadiense. Que la independencia no se pueda vender como algo cool. Que los hijos de quienes ahora hacen los escraches vean la ensoñación indepe como un anacronismo de sus padres, como ser hippy y vestir pantalón de pata de elefante.

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