¿El 155? Solo es un empellón de autoridad


Al final, el presidente Rajoy hizo las cosas como esperábamos de él. Dejó el artículo 155 para cuando no había más remedio: para cuando Puigdemont aceptó lo que considera mandato del falso referendo. Y lo hizo, además, con elogiable y elogiada mesura: cumplió exactamente lo que dice la Constitución, requirió al presidente de la comunidad, le dio un plazo para traducir lo que había querido decir y, según lo que responda Puigdemont y lo que diga después del segundo plazo, se pondrá en marcha la maquinaria de conducir a la Generalitat por la fuerza a la legalidad y a la normalidad institucional.

De ese asunto se habló mucho en la recepción del jueves en el Palacio Real, convertida en acto de arropamiento a la Corona. Por lo que este cronista pudo escuchar y que confirmó en las crónicas publicadas, había un ambiente de cierto alivio, porque el conflicto parecía encauzado. Tuve la impresión de que el calor y el éxito de la Fiesta Nacional había producido una euforia contagiosa. Sentí el complejo de ser el único escéptico, por no decir pesimista, entre tantas cabezas ilustres y bien amuebladas.

¿Por qué? Primero, porque no creo que Puigdemont abjure de su religión y, por decirlo en román paladino, se baje los pantalones ante el requerimiento del Gobierno. Como mucho, remitirá el texto que leyó en el Parlament y que sea lo que Rajoy quiera: si Rajoy no quiere líos, dirá que, efectivamente, hubo declaración de independencia, pero que, también efectivamente, fue retirada para dejar tiempo para dialogar. Si se pone puritano, pedirá una segunda explicación o mandará los guardias. Como se suele decir, la pelota está en el tejado del mesuradísimo señor Rajoy. Si hubiera que apostar algo, yo apostaría por la primera opción: si el presidente español puede echar agua a un incendio, la echa. La gasolina la deja para otros.

Este cronista, si estuviese en su lugar, haría lo imposible por evitar la aplicación completa del 155. Lamento contradecir a tantas ilustres firmas de estas páginas, pero ese artículo no garantiza nada en el conflicto catalán. Primero, porque si se aprovecha para convocar elecciones, puede ocurrir que unas urnas convocadas en condiciones de «ocupación», como diría la CUP, podría dar el resultado contrario al buscado y con una mayoría absoluta en votos no hay cristiano que pare la separación. Y segundo, porque una medida de fuerza detiene el problema temporalmente, si lo detiene, pero lo alimenta para cuando se deje de aplicar. El 155 es temporal; el separatismo dura una eternidad. El diablo carga las armas, últimamente las urnas y probablemente las medidas de gobierno. El conflicto catalán necesita soluciones de largo plazo, no empellones de autoridad.

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