«Dinastía» ha vuelto


Culebrones ha habido muchos, pero el combinado de lujo, petróleo, hombreras y pedruscos que ofreció Dinastía en la era Reagan marcó a fuego el bagaje televisivo de la generación que mira con nostalgia a los ochenta. Ahora llega una nueva Dinastía, la de la era Trump y Kardashian, con la intención de cambiar todo para que todo siga igual.

Sustituyendo laca por ondas al agua, la serie llega a Netflix con menos pamelas y más estilismos actuales. Pero ni los peinados ni la ropa cara duran mucho tiempo en su sitio, pues el primer capítulo ofrece ya una primera pelea de gatas marca de la casa, con tirones de pelo y un vestido de novia hecho jirones. Llegarán las puñaladas por la espalda, los empujones por las escaleras y los caballos desbocados. Tiempo al tiempo.

Más descorazonador para quienes aún se sienten jóvenes a pesar de conservar la sintonía primitiva entre sus recuerdos es comprobar que Jake, el guapo motero de Melrose Place, se ha convertido en Blake, el venerable pater familias de los Carrington. A todo el reparto se le ha aplicado una rebaja de diez años en la edad con respecto al original. También se habla menos de combustibles fósiles y más de fracking y energías renovables. Incluso Jeff Colby, heredero del imperio rival, es un gurú tecnológico.

Dinastía 2 necesita, como le ocurrió a la primera, la maldad desenfrenada de una Alexis que la rescate. El problema es que Joan Collins solo hay una.

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