La calle llamada Antonio Tajani

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Antonio Tajani, presidente del Parlamento Europeo, tiene una calle en Gijón. El honor no se debe a su cargo actual. Se lo ganó antes gracias a una fábrica de amortiguadores amenazada por la deslocalización. Cuando era comisario de Industria, Tajani negoció para que no se cerrara una factoría asturiana. Si los empleados hubieran seguido el guion de los tópicos, habrían descartado la ayuda de un político extranjero y conservador que fue portavoz de Silvio Berlusconi y que, para más inri, llegaba enviado desde la pérfida Bruselas. Si Tajani fuera alérgico al proletariado, se habría limitado a posar para la foto, como Marine Le Pen en Amiens en la campaña electoral francesa, con promesas vagas hasta que el asunto muriera con una mudanza empresarial. O, al estilo de su inefable colega Jeroen Dijsselbloem, habría optado por decirles a los trabajadores que les estaba bien empleado por gastarse el dinero en copas y mujeres. Pero el italiano acabó convirtiéndose en el gran aliado de los gijoneses. «Una multinacional americana había decidido cerrar una fábrica y despedir a todos sus empleados. Conseguimos convencerla para que la volviera a abrir. Fue una labor de equipo entre las autoridades locales, regionales, nacionales y europeas. Por tanto, no subestimen nunca la fuerza del trabajo en concordia. Un poeta dramático romano, Publio Siro, escribió que donde hay concordia siempre hay victoria», relató Tajani en la ceremonia de los Premios Princesa de Asturias.

Su calle en Gijón es como el epílogo de una bonita fábula. Evidentemente, Tajani y Europa están muy lejos de ser perfectos. El gran jefe del Parlamento Europeo ha tenido sus más y sus menos con Jean-Claude Juncker por el absentismo de los diputados. Reconoce que el ciudadano debe estar más en el centro de toda acción política, que no hay que hablar solo de bancos y del euro. Pero recuerda también que la UE es solidaridad porque «la prosperidad de todos beneficia igualmente a los que más aportan».

Los clichés y la solidaridad son cuestiones espinosas. Dijsselbloem cree que el sur se aprovecha de los países del norte. Y Oriol Junqueras sostiene que Cataluña es exprimida por el resto de España. Curiosamente, la bandera del aldraxe ondea con más fuerza en pueblos del interior catalán que en Barcelona y su cinturón. En una carrera independentista hasta el infinito y más allá, la capital podría reclamar su derecho a la autodeterminación. Su gran argumento, dejar de ser explotados por los gerundenses, mucho más pobres y menos europeos que los habitantes de la metrópoli. Los impuestos de los tipos cultivados para mantener a esos individuos que cultivan. Unas balanzas fiscales por aquí. Un poco de historia de la ciudad condal por allá. Y ya está articulado el discurso. Es fácil vender motos. Lo complicado es seguir tirando del mismo carro bajo el chaparrón de la crisis. Lo improbable era que el romano Antonio Tajani acabara teniendo una calle en Gijón.

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