Winter is coming


El Apocalipsis tiene un olor especial. Dulzón y metálico. Lo comprobamos el otro domingo, con Ofelia empujando al oeste y Cataluña al este. Era ya octubre pero el viento soplaba calentorro y la electricidad manejaba el ambiente. Todo parecían malos presagios. Lo eran. Por la tarde la tierra ardió y el cielo se tiñó de negro.

Egipto sucumbió tras una conmoción climática que demolió un imperio balbuceante y remató con el suicidio de Cleopatra. Durante diez años agónicos, el curso del Nilo cambió, el hambre y las enfermedades diezmaron a la población, las personas abandonaron en masa el campo y la corrupción se instaló en el gobierno. Siete plagas cayeron sobre un mundo que acabó claudicando. Un tren de erupciones volcánicas con una magnitud inusual desconcertó los ritmos del Nilo y desencadenó la caída del imperio. Un volantazo histórico de origen climático que despejó el camino a Roma y modificó el ecosistema político de la época.

Otra gran erupción, esta vez en Islandia, alteró el clima en Europa a finales del siglo XVIII y llevó el hambre y la escasez a Francia. Fue el combustible que necesitaba la Revolución para suceder. Y el mundo no volvió a ser el mismo.

Ojalá a estas horas la explicación estuviese en las nubes. Que pudiésemos entender este perturbador momento estudiando las isobaras. Que el cambio climático excusara lo que hacen los hombres en la tierra y que otra vez un sofocón meteorológico sirviese para entender lo que nos pasa. Que el tufo metálico que trasladaba el viento el otro domingo antes de que la tierra se pusiese a arder no hubiese sido solo el presagio funesto de un tiempo imprevisible. Porque desde hoy tampoco las cosas volverán a ser lo que solían. Y esta vez la culpa no será del cielo.

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