Patria


Patria. Palabra masticada y escupida hasta la extenuación. Manoseada. Izada y arriada mil veces. La excusa perfecta. Pero la mejor Patria de los últimos tiempos, con mayúsculas, no es un país, es una novela. La obra de Fernando Aramburu debería recetarse en masa para frenar la amnesia malsana, esa que olvida y reescribe, que maquilla el sufrimiento, que disfraza los desgarros, que miente. El escritor ofrece un viaje a uno de esos santuarios del «nosotros y ellos», un pueblo vasco en los años de plomo, bajo la bota terrorista radical. Aplastadas, crujen las pobres vidas. Aire irrespirable. Saludos prohibidos. Silencios obligados. El rodillo del pensamiento único allanando las calles a diario. Los buenos. Los malos. Los apestados. Los amigos que ya no pueden ni cruzarse la mirada. Minas sembradas en la rutina que acaban explotando con el paso del tiempo. Y el asesinato como brote en flor en este jardín venenoso. Mientras que los protagonistas son arrollados sin piedad, hay secundarios por los que pasa el tiempo, pero no la tragedia. Personajes que retratan esa especie miserable: los que nunca pierden. Son como esos parásitos que viven en una capa subcutánea, que devoran la carne bajo la piel. Atizan el fuego sin quemarse. Ideólogos de segunda fila que jamás pisarán la cárcel ni llevarán una etiqueta criminal. Los que no gritan, porque les basta con susurrar al oído. La serpiente que ofrece a los jóvenes la manzana del terrorismo desde la barra del bar. Y el lobo con piel de cordero que pide educadamente a la viuda de una víctima que se marche del pueblo para no incordiar a la parroquia, para no incomodar a los que tienen «derecho a rehacer sus vidas». Los reyes del «aquí no pasa nada». Patriotas.

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