La rendición del general Lee y la de Puigdemont

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Abril de 1865. Robert E. Lee, máxima figura militar sudista, se rinde con su ejército ante las tropas de la Unión. Su decisión no supuso el fin oficial de la guerra de Secesión -aún se libraron varias batallas más-, pero dio la puntilla a un conflicto que segó centenares de miles de vidas, dividió a todo un país y dejó profundas heridas sociales que aún no han cicatrizado del todo, 150 años después.

Con su histórica rendición en Appomatox, el viejo general -al que la historia convirtió en mito- optaba por el mal menor. Su ejército, hambriento y mal abastecido, había sido cercado por un enemigo «abrumadoramente superior en hombres y en recursos». Y él sentía que el valor y la devoción de sus soldados «no podían conseguir nada que compensara las pérdidas que se iban a producir».

Lee sabía que los suyos habían perdido. Firmó y distribuyó la orden, pero antes escuchó numerosos consejos que propugnaban darle la espalda a la realidad y huir hacia adelante, eternizando el conflicto y abocando a sus tropas a una guerra de guerrillas en las montañas. No fue fácil para él doblar la rodilla. Para la posteridad legó esta frase: «Preferiría morir más de mil veces antes que rendirme». Pero fue a ver al comandante en jefe nordista, Grant, y se rindió.

Lee consiguió para sus tropas condiciones generosas y honrosas. Y evitó nuevos derramamientos de sangre y que el sur sufriera una completa destrucción.

Su forma de poner fin a la guerra fue lo que, a la postre, salvó su figura, según los historiadores norteamericanos. Por contra, el presidente de los sudistas, Jefferson Davis, tomó otra vía diferente: huyó, intentó seguir la lucha, fue detenido y encarcelado.

Lee fue, en cierta manera, un símbolo de reconciliación. Murió respetado por el norte e idolatrado por el sur. La figura de Davis, empecinado hasta el final en las ideas y acciones que provocaron la rebelión y la guerra de Secesión, sufrió peor destino. Su fracaso fue doble. Por un lado, no pudo conducir a los suyos a una victoria que, desde el principio, parecía imposible. Por el otro, se convirtió en un cabeza de turco.

Son lecciones de la historia que debería tener presente el presidente Puigdemont. Se encuentra ahora en una encrucijada similar a la de Lee. En busca de la quimera independentista ha intentado enfrentarse políticamente a un rival «abrumadoramente superior»: el sentido común, la ley, el Estado de derecho, las reglas más básicas de la democracia y el orden internacional. Y sin el respaldo mayoritario de los catalanes.

Cercado por la amenaza del artículo 155, a su alrededor hay voces que le piden de forma insistente que eternice el conflicto y se eche al monte declarando de forma unilateral la independencia. Si toma ese camino, conducirá a Cataluña y a España a un escenario aún más traumático que el vivido desde principios de septiembre. Provocará daños aún más graves a la economía. Y pondrá en peligro el mayor nivel de autogobierno que han disfrutado nunca los catalanes, el conquistado gracias al hoy denostado régimen del 78.

La única vía razonable que tiene Puigdemont es seguir los pasos de Lee en Appomatox. Rendirse. Arriar la bandera de la rebelión. Dejar que todos los catalanes voten en elecciones autonómicas. Y confiar en que ese golpe de timón haga que la historia, sus rivales y sus partidarios lo absuelvan.

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