Y no viene, vaya por Dios y por el Estado catalán

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Al final triunfó la tesis de José Mota que sospechábamos ayer: «Ir pa na es tontería». Después de muchas reflexiones, cálculos, largas reuniones de madrugada, obediencias y resistencias a presiones, el muy citado aquí señor Puigdemont decidió que no acudía al Senado a defender su república y las alegaciones de su Gobierno contra determinado artículo de la Constitución que le quieren aplicar. Miren que el buen hombre había mostrado su interés en asistir e incluso en hablar, porque hablar habla. Miren que, con la eficacia propagandística acostumbrada, sus equipos habían logrado crear un ambiente de expectación. Y miren que había llegado a hacerse el deseado, como si fuese Moisés entrando en la plaza de la Marina Española con las tablas de la ley.

Y no viene, vaya por Dios. Las gentes de hoy y las generaciones futuras se quedarán sin escuchar su palabra. Él mismo perderá la histórica oportunidad de mostrar su habilidad dialéctica; de enternecernos con sus emociones por acaudillar una revolución; de lucir su capacidad sin precedentes para construir una república desde la nada; de convertirse en el héroe que levanta una nación nueva contra los gigantes de la Unión Europea y los miopes mercados, incapaces de percibir el futuro de bienestar y riqueza que se construirá en Cataluña, y de pasar a la leyenda como un gran orador de ideas brillantes y superar así la imagen de poca cosa que había dejado en el programa de Jordi Évole.

Qué pena perder todo eso, aunque yo haya escrito aquí que me importaba un pimiento que acudiese, no acudiese o se quedase a medio camino. Pero hoy me preocupan otras cosas. Me preocupa en concreto que el presidente catalán, tan valiente para desafiar al Estado, a las instituciones y a las leyes españolas, no tenga la valentía de someterse a un debate con Rajoy o Sáenz de Santamaría. Tiene una inseguridad impropia del fundador de un Estado nuevo a la altura de Francia, de Alemania, y no cito a España porque ya sabemos que es un reino de opresores fascistas que pasamos las tardes de los domingos pisoteando derechos soberanos y soberanas esteladas.

Y a los catalanes debiera inquietarles que su president dé instrucciones para no dejar hablar a la oposición en su Parlament, que tengan un gobernante que no se atreve a defender la legalidad que creó, que ese hombre haya tejido una red de intereses políticos que suenan a compadreo disfrazado de patriotismo que ahora salen a la luz con el 155, que no haya razones de grandeza que se puedan defender con la cabeza bien alta en el Senado o que ni siquiera haya razones. Y algo bastante peor: que esta ausencia sea mañana el anuncio de ruptura, con elecciones constituyentes o con declaración unilateral.

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