Cataluña: la pesadilla de Rousseau


La pesadilla de Darwin es un documental que trata sobre un pequeño poblado de Tanzania en el que nadie se libra de la desgracia y la miseria, y en el que, se mire por donde se mire, no existe solución alguna. Describe a la perfección un sitio en el que los deseos más aciagos de los representantes más abominables de la humanidad se materializan, y en el que ya se ha perdido toda referencia entre lo real y lo ficticio. La cinta lleva ese nombre para exhibir el fracaso de la evolución en el ser humano, y nos sugiere que todo lo que ahí acontece podría traducirse como una espeluznante pesadilla para el mismísimo Charles Darwin.

Salvando las distancias, la forma en la que se ha desarrollado el desafío secesionista en Cataluña también exhibe un gran fracaso, que bien podría titularse La pesadilla de Jean-Jaques Rousseau. Si aún viviese el ilustre filósofo ginebrino y teórico de la democracia y presenciase el actual desastre institucional, económico y social catalán, seguramente se replantearía mucho de aquello que sostuvo en su Contrato Social (1762). Seguramente lamentaría el que la democracia (cuando es manipulada y puesta a voluntad de los intereses de unos cuantos) también pueda conducir a puntos en los que no hay retorno, y en los que la ruptura social ya es irreversible. Probablemente también redefiniría su concepto de voluntad general y su significado de la «dominación del hombre sobre el hombre». La reciente Declaración Unilateral de Independencia (DUI) en Cataluña, basada en un referéndum carente de toda legalidad (y erróneamente compadrado con el del Brexit), resulta en una antítesis de lo que para Rousseau debería de haber sido el éxito del modelo democrático. Él consideraba que la crispación en la sociedad, la carencia de homogeneidad en ella, y la falta de representatividad de cada una de sus partes, eran los más grandes obstáculos para el buen funcionamiento de la democracia. Creía que los  gobiernos tenían que regirse con base en el bien común, y no mediante líderes que sólo representasen los intereses de una clase o grupo. En pocas palabras, la declaración de independencia de la república catalana seguramente hubiese sido una pesadilla para este ilustrado.  

Independientemente de cómo se resuelva este disparate, en el horizonte sólo se alcanza a ver una Cataluña con el Govern ya disuelto y padeciendo por el éxodo de sus empresas más potentes. Tampoco es posible ver en esa fotografía a una Cataluña independiente de España que  pueda llegar a ser parte de la Unión Europea. Pero lo más triste de todo es contemplar a la sociedad catalana (ya lejos de aquella admirable imagen de las Olimpiadas de Barcelona 1992) cada vez más dividida y resquebrajada. Mientras tanto, somos testigos de cómo la recua de ignorantes y cobardes, que instalada en su delirio nacionalista lideró este desastre, ahora huye pidiendo «asilo político».

El grado de irreverencia (o de posverdad) en las acciones (y omisiones) de Puigdemont y compañía alcanza lo dantesco. Crida per la democràcia (Llamamiento por la democracia) es el nombre del pseudomovimiento de la cúpula independentista. Si Rousseau fuese testigo del uso que hoy, en 2017, algunos le dan al concepto de democracia, seguramente querría despertar cuanto antes de esto que, por desgracia, no es una alucinación.

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