Como todos sabíamos (menos ellos mismos) los independentistas no son distintos del resto de españoles. Tienen las mismas pulsiones y debilidades. Es el español dado al jolgorio, y aprovecha cualquier excusa para exteriorizar en la calle su dicha: da igual que se trate de que su equipo no baje a segunda división, de la boda de una amiga o en definitiva de cualquier evento de menor trascendencia. El caso es que enseguida lo aprovechamos. Y eso mismo hicieron los independentistas el pasado veintisiete de octubre. Bastó una votación simulada para que todos se echaran a la calle y montaran fiestas, bailes e hicieran circular alcohol hasta altas horas de la madrugada. Todo muy español. Y, como también sucede siempre en el resto de España, de aquel regocijo al final sólo quedó, ¿el qué? Pues la resaca… el resacón, con la vuelta a la realidad, en este caso en forma del artículo 155 de la Constitución española.

También hay precedentes patrios de delincuentes que espabilan para intentar huir de la justicia. En la mente de todos todavía perduran los casos del Dioni y de Roldán. ¡Qué tipos aquellos, con fugas tan chapuceras como la forma en que habían perpetrado los delitos que causaban su imputación penal! Y este proceder tan propio del pícaro español es el que ha seguido ahora Puigdemont. ¡Qué alto honor el del exPresident catalán, pasar a engrosar la lista de prófugos de la talla de Roldán o del Dioni! Bueno, en el caso de Puigdemont, hay que decir que ha intentado ser más original, adelantándose a la querella criminal, por lo que prófugo no es (todavía). Pero es lógico, su enfermizo afán de protagonismo le hace ir por delante: «¿Vosotros os habéis fugado de la justicia? ¡Pues yo lo hago antes incluso de que se presente la querella!»

Y el caso es que yo que el señor Puigdemont tampoco me preocuparía tanto por su posible responsabilidad penal. Veamos los antecedentes. Declaró una independencia que inmediatamente suspendió, en unos términos en los que ni él mismo sabía qué demonios estaba diciendo. Poco después, ante el requerimiento del  Gobierno en el que  bastaba contestar con un monosílabo (Sí / No) a la pregunta planteada («¿Ha declarado Vd. la independencia de forma unilateral?»), el todavía President respondió con un batiburrillo de incoherencias que nada tenía que ver con lo planteado. A renglón seguido, anunció que comparecería a una hora concreta para realizar una declaración institucional; luego, con todos los medios de comunicación presentes (incluidos no pocos internacionales), la retrasó para finalmente cancelarla, sin explicar razón alguna a los periodistas que se quedaron, como era de esperar, con cara de habérseles tomado el pelo. En la frustrada cita iba a anunciar la convocatoria anticipada de elecciones pero, en vez de ello, esa misma tarde se presentó en el Parlamento catalán donde, sin decir palabra (como si no fuera Presidente de la Generalitat, sino un simple espectador de la tribuna), y sin responder a una sola de las cuestiones planteadas por la oposición, se limitó a votar en secreto aquello que no había nombrado (es decir, la citada DUI). Luego, una vez finalizado el pleno, en las escalinatas del edificio parlamentario se limitó a posar para una ignominiosa fotografía (dialogar no, pero chupar cámara sí). Al día siguiente aparece en TV3 y, como siempre, habla sin decir nada… tanto da que bajes el volumen de la televisión porque el resultado va a ser idéntico. Acto seguido, hace las maletas con nocturnidad, y ante la posibilidad más que factible de que el Fiscal General del Estado interponga una querella criminal, se larga a Bruselas donde nadie sabe qué hace hasta que, un día más tarde, comparece (esta vez sí, por fin) para anunciar que sigue siendo President, que va a dirigir Cataluña desde el extranjero, que el suyo es un problema internacional (a pesar de que todos los países le han dado la espalda), y que no piensa volver a España si no tiene garantías de un juicio justo (lo que en su lenguaje significa que no le enjuicien). Y lo dice en tres idiomas (lo del inglés vamos a dejarlo, porque no pasaría ni un examen de primero de la ESO) porque, según él, no quiere que se le malinterprete (cuando el problema es que él mismo no sabe ni lo que dice).

Ante esta cadena de actuaciones, dignas de Mr. Bean, creo que el señor Puigdemont debería estar tranquilo ante la querella criminal interpuesta por incurrir en delitos de rebelión, sedición y malversación de fondos (al que debe añadirse, sin duda, el de usurpación de funciones públicas). Y es que, viendo su proceder, lo más probable es que el tribunal correspondiente (veremos si finalmente la Audiencia Nacional) le declare inimputable por enajenación mental. Porque leyendo el Código Penal, sería muy fácil para un abogado defenderle. Sólo tendría que acudir al artículo 20, relativo a la exención de responsabilidad criminal, en el que se incluye a aquellos que  padecen anomalía o alteración psíquica, o bien alteraciones en la percepción que impidan conocer la ilicitud de los hechos realizados o que entrañen una grave alteración de la conciencia de la realidad. Al artículo penal sólo le falta una foto de Puigdemont al lado.

Así que, véngase a España, Sr. Puigdemont. Todo lo más acabará Vd. en un centro de internamiento psiquiátrico que, de conformidad con su proceder desde hace ya muchos meses, parece lo más ajustado a su estado de enajenación. Posiblemente una rehabilitación con especialistas en salud mental le vendrá muy bien y saldrá luego a la calle hecho un hombre nuevo. Y seguro que eso también dará también nuevos motivos para que los independentistas vuelvan a hacer fiestas en las calles catalanas o, como Vd. diría, para que se le entienda bien, en las «carrers, calles, rues, streets».

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Resacón en Cataluña