Los grilletes del busto de Concepción Arenal


El Ayuntamiento de Madrid ha repartido placas por la capital del reino para recordar a una eminente política republicana y algunas escritoras de la generación literaria del 27, a la que por mucho tiempo se consideró una generación casi exclusivamente varonil. Las contadas mujeres citadas venían además muy en breve y en letra pequeña en los libros de texto. Bien está, por tarde que sea, homenajear su memoria.

La alcaldesa Manuela Carmena recordó, con respecto a doña Victoria Kent, una curiosa anécdota durante su etapa como Directora General de Prisiones, bajo el ministerio de Justicia de don Fernando de los Ríos: Kent, aparte de muchas otras medidas humanizadoras, eliminó los grilletes entre los presos de las cárceles españolas. Con ese material de opresión propio del medievo, doña Victoria encargó un busto en hierro fundido de la escritora Concepción Arenal como merecido homenaje a quien le había precedido en la defensa de los derechos humanos en las prisiones.

Desconozco si el monumento que actualmente hay en Madrid dedicado a Arenal, en la confluencia del Paseo de Moret con el de Rosales, conserva o sustituye ese busto que se ubicó durante la segunda República en esa misma zona, o si pudo la estatua pudo sufrir algún percance en el transcurso de la guerra o la dictadura. Hace unos días destrozaron un busto de granito de la escritora gallega en la ciudad de Lugo, a modo de ratificación o reciclado del vandalismo patrio.

Además de la placa a Kent, que tuvo una destacada intervención en la redacción de la Constitución de 1931 en lo referente sobre todo a la laicidad del Estado, fueron estrenadas otras placas en las calles de Madrid: a María Lejárraga, prolífica escritora, feminista y diputada por Granada en 1933, en el edificio de la calle Manuela Malasaña, 28, donde vivió; a Luisa Carnés, olvidada escritora y periodista de la generación del 27, en la casa donde nació en la calle Lope de Vega, 31, y a la poeta Ernestina de Champourcín (1905-1999), perteneciente a esa misma generación, crítica de arte y literatura, en la calle Barquillo, 23, donde residió.

La realización de estos homenajes -leo- responde a la necesidad de remediar la ausencia e invisibilidad de las mujeres que han contribuido a la historia de la ciudad. A través del Plan Memoria de Madrid, creado en 1990 para recordar en las fachadas de edificios a personas, hechos o espacios relacionados con la historia de la capital, se han colocado en la ciudad cerca de 380 placas, de las cuáles sólo el 12% están dedicadas a mujeres. En esta línea de compensar esta desigualdad, la primera placa que se instaló fue en recuerdo al Lyceum Club Femenino, una de las primeras asociaciones de mujeres en España.

Lo que hace falta, ahora y siempre, además, es que todas esas placas indicativas se llenen de contenido acerca de quienes figuran en ellas, y el vecindario de Madrid sepa de la historia y los libros que esa mujeres escribieron. Es el único modo de que los vándalos de cualquier tiempo y circunstancia no irrumpan con su testimonio de barbarie en la mejor memoria de nuestra conflictiva historia, aquella que debió hacerse abriendo escuelas y cerrando cárceles, según aconsejaba doña Concha.

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