Rebelde por sistema


Ahora que seguimos la constitución del «y tú más», la ley que nos articula, hasta hemos aplicado otro lenguaje televisivo en el que la política ha pasado a adquirir la tensión de un derbi futbolístico. No hay enfrentamiento más brutal que un Madrid-Barça ni más atractivo para el espectador que esa emoción desbordada del que la cuenta. Conocedor de ambos mundos, Ferreras ha cogido toda esa manera de transmitir y la ha aplicado a la realidad política con la misma fuerza original de aquel José María García de los ochenta: «Paco, minuto y resultado». Así, día a día, Ferreras ha venido arrancando sus directos en la tele: «23.37, conectamos con Alcalá Meco» (que es igualito que el Benito Villamarín, vamos). Y aunque es novedosa esa forma de asociarse política y fútbol, ambos campos son paralelos desde el punto de vista lingüístico y se estructuran, esa es la cuestión, en nuestra vida cotidiana como metáforas de una guerra. Lean al lingüista George Lakoff y al filósofo Mark Johnson si desean poner algo de luz sobre esta manera de organizar nuestra realidad en términos de vencedores y vencidos; ellos concluyen que una parte de nuestro lenguaje común afecta al modo en que percibimos, pensamos y actuamos. Y nuestro lenguaje es una guerra.

En cualquier caso, la batalla está perdida, porque de tanto estirar y desvirtuar los significados hemos acabado por gastar las palabras. Por eso creo que necesitamos de inmediato otro lenguaje para entendernos. Quizás valga como principio el humor del actor gallego Manuel Burque que hace dos días propuso que España se pase a llamar Cataluña para que no haya de qué independizarse. Es un buen comienzo empezar por renombrarse, porque hemos abusado tanto de los términos que se han vaciado de contenido: Cataluña, España, democracia (¡si hasta hay demofobia!), sistema, justicia, rebelión, constitución… Nos urge darles otro significado para comunicarnos bien, ahora que hay rebeldes que no usan armas; moderados que piden prisión; personas del sistema que roban a manos llenas; antisistemas que quieren votar o presidentes fugitivos. Necesitamos renombrarnos, cambiar nuestras metáforas, salir de esta guerra y tal vez aplicarnos el artículo número uno de otra ley vital: no hay como perder para ganar. O como dijo Jordi Évole hace días: «Quizás a estas alturas solo venza el que se atreva a decir primero basta ya».

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