¿De verdad se lo creen?


Cuando Puigdemont denuncia en The Guardian la «brutal ofensiva judicial contra el independentismo» o cuando habla del «encarcelamiento masivo de independentistas», ¿se lo cree? Cuando Junqueras dice que «vivimos episodios continuos de violencia callejera», ¿se lo cree? O cuando Guardiola, comprometido luchador contra las desigualdades, asegura que en España no hay democracia, ¿también se lo cree? ¿Se cree su alumno Xavi, desde Catar, país ejemplar en prácticas democráticas, donde está llenando los bolsillos, que «lo que está sucediendo en Cataluña es una vergüenza»?, ¿se lo cree? Y cuando el ex primer ministro belga Elio di Rupo, socialista francófono, asegura que Rajoy tiene un comportamiento de «franquista autoritario», ¿también se lo cree? Porque si se lo creen, alguien debería de tomar medidas y ponerlos a tratamiento ya que los desequilibrios mentales son evidentes y pueden conducirlos a una tragedia irreparable.

Quienes venimos denunciando un recorte de las conquistas en todo el mundo y también en España, a raíz de los atentados yihadistas y la llegada del gobierno popular, no tenemos, aun así, el mismo concepto de libertad que quienes se saltan la legalidad constitucional y, de propina, las normas que ellos mismos redactaron y aprobaron. La mayoría de demócratas sabemos que España es una democracia, con un sinfín de defectos, pero una democracia en la que los que huyen a Bélgica, están en prisión o se hacen de oro en Catar, pueden opinar, ser candidatos y hasta insultarnos.

Lo que no es este país nuestro es una democracia burguesa, de ciudadanos adinerados; que es lo que pretenden para Cataluña. Un país insolidario con los menos favorecidos y una sociedad en la que solo tengan cabida quienes ellos decidan. Ese país rico, próspero y repleto de felicidad que dicen levantar, nunca sería una democracia. Porque en las democracias no tiene cabida la xenofobia.

Lo malo es que lo mismo se creen lo que dicen, como se creyeron que podían independizarse de la noche a la mañana o que las empresas llegarían a raudales. ¡Cuánta falta de ignorancia!, que diría el añorado Cantinflas.

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