Ricardo Darín, qué burbuja


Que el cava catalán esté en manos de Ricardo Darín no me puede dar más alegría. Lo compro, lo compro, lo compro ya. No soy objetiva, lo sé, pero no puedo serlo después de haberme cruzado (al menos una vez en la vida) con esos ojos azules. Ese privilegio marca, así que no quiero ser objetiva. Porque a Darín se lo bebe una de golpe, con gas y con toda la explosión que sea necesaria. Molt be! Visca Freixenet! Viva Darín! Y viva el que ha tenido esta idea maravillosa de poner el futuro del 2018, nuestro futuro, en sus manos, porque estoy segura de que nos traerá algo mejor. Que aunque Darín no salga vestido de burbujita en el anuncio, con su gorrito y sus mallas marcadas... él tiene otra chispa que nos desborda como un brindis. Ricardo lo ha dicho más de una vez, nos lo ha confesado, que lo tengo grabado para siempre: «Yo he venido acá a dejarme el cuerpo». ¿Cómo no vamos a corresponderle a él, que tiene la pillería de las Nueve Reinas, la resistencia de Kamchatka y la ternura de El hijo de la novia? Él, que es un relato salvaje de emoción, que como Truman nos enseñó que el dolor se arranca con humor; que nos descubrió el secreto de sus ojos... No puede haber mejor regalo navideño que saber que empieza un año Darín, brillante y espumoso, inteligentemente seductor como él. No quiero ser objetiva, quiero creerme el cuento chino de que será un gran año. Es una verdad en los ojos de Darín.

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