La izquierda naufraga en Cataluña

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Yo creía que en Barcelona gobernaba la izquierda en minoría: la alcaldesa Ada Colau, apoyada por once concejales de Catalunya en Comú y cuatro del PSC. Yo creía que en Madrid gobernaba la derecha en minoría: Mariano Rajoy, apoyado por 133 diputados del PP, 32 de Ciudadanos y ocasionalmente cinco del PNV. Me equivocaba. Se desató la tormenta secesionista y todas las fronteras que separaban derecha e izquierda, ya de por sí bastante difusas, las borró el aguacero. Cuando el médico te diagnostica un tumor cancerígeno en el costado catalán, todos los achaques que padecías desaparecen por ensalmo: el reuma y el futuro de los jóvenes, la próstata y la precariedad laboral, la anemia y los recortes del Estado del bienestar, los virus infecciosos y la corrupción. Lo primero es lo primero y ya solo te preocupan los efectos de la quimioterapia. Lo demás puede esperar.

La dialéctica derecha-izquierda ha quedado suspendida. La política española gravita desde hace meses en torno al eje identitario. Y en función del conflicto catalán se resitúan los actores políticos. Un proceso de decantación especialmente difícil para la izquierda que hasta ayer combatía, legítimamente, las políticas de Mariano Rajoy y hoy se ve obligada a marchar, en defensa del Estado y la Constitución, codo con codo con su adversario. Creo que el PSOE, a pesar de los tics nacionalistas del PSC, lo está conllevando con responsabilidad y un mínimo desgaste. Y creo también que Podemos y sus confluencias, con su engañosa ambigüedad -ni DUI ni 155-, se encamina al precipicio. Y, de paso, fortalece a la derecha que pretendía destronar.

Las últimas encuestas lo dicen. Si Rajoy convocase hoy elecciones generales, Ciudadanos crecería como la espuma y Podemos caería en picado. Premio al primero por mantenerse fiel a su marca genética: nació para combatir al nacionalismo catalán y esa es precisamente la prioridad de los españoles en estos momentos. Y castigo al segundo por traicionar sus orígenes: los indignados del 15-M no se levantaron para alimentar los delirios secesionistas de Mas y Puigdemont ni amparar un nacionalismo de ricos e insolidario con el resto de España. Como resultado, la derecha -PP-Ciudadanos- gozaría hoy de una confortable mayoría absoluta, frente a una izquierda desarmada y maltrecha.

¿Y en Cataluña? Así como Pablo Iglesias le está regalando el 15-M a la casta, Ada Colau acaba de regalarle Barcelona al independentismo. Ahora que hasta Carme Forcadell acata el 155 y Puigdemont ya ve «posible» una solución que no sea la independencia, Ada Colau se coloca tras la pancarta del «Som república» y recrimina a Miquel Iceta que comparta la del «¡Todos somos Cataluña!». Albiol y Arrimadas le repelen, pero con Puigdemont confraternizaba: a eso se llama equidistancia a la carta.

Esquerra Republicana ganará previsiblemente las elecciones catalanas del 21-D. Y tal vez Oriol Junqueras se convierta en presidente de la Generalitat con el apoyo equidistante de Ada Colau. Si la necesita, claro.

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