Puigdemont, ahora eurófobo

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El llamado procés, una de las operaciones políticas más dañinas y disparatadas que se recuerdan, ha introducido a Cataluña en el túnel del tiempo. La regresión que ha causado es de tal envergadura que, cuarenta años después, el programa electoral de los independentistas se reduce a exigir libertad para los que denominan presos políticos y el fin de la aplicación del artículo 155. Reivindicaciones que nos recuerdan aquellas demandas de libertad, amnistía y estatuto de autonomía de la Transición. La enorme diferencia es que ahora sí hay libertad y una democracia homologable a la de cualquier país occidental; no hay presos políticos por sus ideas, sino políticos presos por sus presuntos actos delictivos; y, eso sí, debido a su irresponsabilidad suicida, Cataluña ha perdido temporalmente su autonomía. Con su conocido desparpajo para mentir y dar la vuelta a los hechos, los separatistas culpan al Estado -ese ente al que endosan su gran fracaso- del espectacular retroceso. Pero la realidad es que ha sido su demencial huida hacia el abismo la que ha colocado a Cataluña precisamente al borde del abismo. Fuga masiva de empresas, caos económico, gravísima fractura social y nulo respaldo internacional a su República fake. Pero ellos, erre que erre, siguen echando la culpa al Estado ... y ahora a Europa. Ante el rechazo total de la UE a la independencia, Puigdemont, cada vez más ensimismado e incendiario, conduce ahora al separatismo a la vía de la eurofobia y el populismo, al estilo de los ultras Le Pen, Farage, Wilders o Alternativa para Alemania. Carga contra la UE, a la que llama «club de países decadentes» y propone que los catalanes voten si quieren pertenecer o no a la alianza que representa el mayor bienestar del mundo. La regresión es total.

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