La patraña como arma electoral


Primero fue un vídeo de Òmnium Cultural que pretendía demostrar que el Estado había sido el gran responsable de los atentados del 17 de agosto en Barcelona. Hace pocos días, el exalcalde de Barcelona Xavier Trías asumió esa tesis. Y finalmente, como la patraña viene bien a la causa separatista, Esquerra Republicana se sumó al relato fantástico y vino a decir que los servicios secretos estaban detrás de la matanza. Posiblemente sea la mayor insidia que se ha lanzado nunca sobre la autoría de un atentado. Hasta ahora las acusaciones políticas, que las hubo, se limitaban a denunciar la ineficacia en la prevención o a acusaciones de traición a las víctimas como la que hizo Rajoy a Zapatero cuando se conocieron las conversaciones con ETA y Batasuna. Culpar a un adversario político en una iniquidad que nunca se había utilizado.

La teoría, desde un punto de vista estratégico, es malvadamente perfecta: el Estado represor no tiene inconvenientes para promover una matanza terrorista en una acción maligna para detener el separatismo. En el mejor de los casos, tiene contactos con el imán que fue el autor intelectual de los atentados y es tan ineficaz que no huele la preparación de los atentados. Frente a él, la policía autónoma, la propia, la catalana, da un ejemplo de profesionalidad en su actuación posterior y envía este mensaje al mundo: Cataluña ya puede ser independiente, puede constituirse en Estado soberano, porque es autosuficiente para combatir el terrorismo islamista. Eso lo hemos leído o escuchado todos y tuvo impacto internacional.

Ahora se vuelve a la carga y caben pocas dudas de su intencionalidad: se hace en vísperas de la campaña electoral. El soberanismo está dispuesto a utilizar la falacia como artillería contra los partidos constitucionalistas y el Estado español que defienden. Es el argumento que falta después de que Marta Rovira, quizá próxima presidenta, divulgó la especie de que el Gobierno había amenazado con muertos en las calles. Ahora ya está completo el cuadro de su ofensiva: se encarcela a los líderes por razones ideológicas, se lanza a asesinos contra ciudadanos pacíficos y se proyecta una represión sangrienta si se avanza hacia la república catalana.

Ante esto hay que decir que ya está bien. El soberanismo ha llegado a la conclusión de que esto es una guerra y en la guerra todas las armas son lícitas. Pues no es verdad: no es una guerra ni todo vale. Si las ideas independentistas pueden tener alguna legitimidad, la pierden en el momento en que se engaña a la población con tales vilezas. Se emponzoña el clima político. Y lo que es peor: se estimulan los más bajos instintos de represalia y de rencor. ¿Eso no es un delito? Yo creo que sí.

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