Iceta: no es «Borgen», es Frankenstein

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Todavía no ha arrancado la campaña de las elecciones catalanas, pero las esperpénticas propuestas del candidato del PSC, Miquel Iceta, nos anuncian ya el tormento que nos espera. Parece mentira que nadie reparara antes en ello, pero el dirigente socialista ha descubierto el método para acabar con la fractura que el independentismo ha provocado en Cataluña. Era fácil. Consiste en que todos los catalanes, y el resto de españoles, se conviertan en nacionalistas y asuman sus propuestas. Ingenioso ¿no? Asegura el ocurrente Iceta que para «rehacer la confianza» de los catalanes en España lo mejor es condonar la deuda de 52.499 millones de euros que Cataluña le debe al Estado. Es decir, que el resto de españoles le regalen esa astronómica cantidad a los catalanes.

Ciertamente, la generosidad de semejante medida podría ser el inicio de una hermosa amistad. Pero como los catalanes podrían ofenderse por el hecho de que España trate de recuperar su amor solo a base de dinero, el bueno de Iceta plantea compaginar esa pródiga ofrenda con una sustanciosa mejora en la financiación de Cataluña. Y también, no hay que ser tacaños, con el regalo de que Cataluña cuente con una Hacienda propia y recaude todos sus impuestos. Alguien podría pensar que Iceta desvaría, lo que no sería de extrañar en alguien que se ve como presidente de la Generalitat cuando las encuestas sitúan al PSC como cuarto partido. Pero no. La dirección del PSOE aclara que considera su plan «absolutamente razonable». Lo cual es lógico, porque si Sánchez cree que para ganar a Podemos hay que hacerse podemita, Iceta considera que para acabar con el soberanismo hay que hacerse soberanista. Y los barones, que ladren.

Se confirma así el complejo de inferioridad charnega frente al nacionalismo de un PSC que, convencido de que nunca gobernaría Cataluña con un discurso estatal socialdemócrata, asumió buena parte de las tesis nacionalistas para tratar de labrarse un pedigrí catalanista. Solo así, renunciando a los principios socialistas y aliándose con los independentistas de ERC en el infame Pacto del Tinell, consiguió Maragall ser presidente de la Generalitat. Una faena de autodestrucción que luego remató Montilla y que ha llevado al PSC a su irrelevancia actual.

Pero, lejos de enmendar aquel desastre recuperando las señas de identidad del socialismo catalán, Iceta, aquejado de un claro síndrome de Estocolmo, insiste en el error. Persuadido de que una extraña carambola puede hacerle presidente de la Generalitat, elabora un indigesto cóctel con grandes dosis de victimismo nacionalista y un toque de populismo a lo Colau, pero aderezado, por si acaso, con gotas de constitucionalismo ma non troppo por la vía del 155. Y si sale, sale. Iceta ha visto Borgen, pero no ha entendido nada. Birgitte Nyborg no es elegida primera ministra danesa por traicionar sus principios y asumir el discurso de cada uno de sus oponentes, sino porque sus rivales son unos impresentables. La serie que aspira a protagonizar Iceta no es Borgen, sino Frankenstein. Y acaba mal.

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