Los brindis salvajes

Esta semana, en la última sesión del Tribunal Penal Internacional para la exYugoslavia, el general bosnio-croata Slobodan Praljak tomaba veneno ante los ojos atónitos de los jueces que acaban de confirmar su condena por crímenes de guerra


A mediados de los noventa, mientras la guerra de Yugoslavia ladraba a lo lejos, yo vivía en Coruña. Solía visitar casi todas las noches el bar de unos amigos, una familia de refugiados bosnios que habían escapado de la limpieza étnica en la región de Mostar. Allí nos reuníamos, entre otros habituales, un médico que también había estado allí y un antiguo soldado de las fuerzas de interposición. Apoyados en la barra, nos contábamos una y otra vez nuestras historias. Cuando nos sorprendía la madrugada, le comprábamos La Voz a una vendedora en la calle. Yo, que estaba muy puesto en la cuestión, miraba la página de Internacional y les explicaba a los bosnios cómo iba la guerra, dibujando mapas en las servilletas de papel del bar. Intentaba convencerles de que los suyos todavía podían ganar, pero Elvira y Keka creían que aquello era malgastar servilletas. A veces, Miko, que era cantautor, se subía a un escenario con su guitarra y cantaba melodías tradicionales. Se bebía; al fin y al cabo era un bar y teníamos que ayudar a hacer caja. Por eso las noches terminaban a menudo con brindis al estilo de los eslavos, estrellando con furia el vaso contra el suelo para hacerlo pedazos.

Entonces nunca hubiese imaginado que la guerra terminaría de la misma manera, con un brindis salvaje; pero así ha sido. Esta semana, en la última sesión del Tribunal Penal Internacional para la exYugoslavia, el general bosnio-croata Slobodan Praljak tomaba veneno ante los ojos atónitos de los jueces que acaban de confirmar su condena por crímenes de guerra. Así, con este gesto teatral -de joven, Praljak había puesto en escena a Shakespeare- cierra sus puertas el tribunal de La Haya. No pudo cumplir la función disuasoria para la que fue creado. Tampoco ha conseguido «cerrar heridas» ni facilitar la reconciliación. Al final, solo ha servido para lo poco que sirve la justicia: para hacer justicia; es decir, pronunciar veredictos e imponer condenas que a las víctimas siempre parecerán insatisfactorias.

Por ejemplo, Slobodan Praljak fue, precisamente, el responsable de muchos de los crímenes que se cometieron en Mostar, de donde venían mis amigos del bar. Fue él quien ordenó la destrucción del hermoso puente otomano que era el orgullo de la ciudad, pero sobre todo fue el inspirador de la matanza de Stupni Do, en la que medio centenar de civiles fueron torturados y asesinados. Ni su condena, ni ahora su muerte, devolverán a los supervivientes nada de lo que han perdido. Eso es la justicia: un bien menor, que es simplemente una forma más presentable del mal menor. En su naturaleza está el resultar decepcionante e inspirar melancolía, porque la única justicia verdadera sería que los crímenes no ocurrieran nunca.

Me impuse la penosa tarea de ver el vídeo de Slobodan Praljak. No por un afán morboso, sino porque quería ver acabar lo que hace tantos años vi comenzar con mis propios ojos. Físicamente, encontré a Praljak castigado por el tiempo y la culpa, que también son jueces implacables. «¡Acabo de tomar veneno!», oí que gritaba, con el énfasis del actor que fue. Pero su voz llegaba amortiguada por el cristal antibalas, como si ya hubiese empezado a envolverle el olvido. Luego vino el gesto brusco de llevarse el veneno a la boca. Y fue cuando comprendí que así terminaba todo: con un brindis mortal y un hombre atormentado que se bebía de un golpe el veneno de los crímenes, de los muertos, de los sueños enloquecidos, de las lágrimas y el dolor. Y entonces el juez mandó cerrar las cortinas, como quien manda bajar el telón. Tanto sufrimiento, para nada.

Autor Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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