Coco


El pasado enero, mientras en los aeropuertos estadounidenses se desataba el caos por el veto migratorio y se convocaban protestas en todo el país, Donald Trump pidió que en la sala de cine de la Casa Blanca se proyectara la película Buscando a Dory. Ese fue el plan del presidente para pasar aquella tarde de domingo. Su segunda petición cinematográfica se prestó al chascarrillo por el título. Fue una comedia protagonizada por James Franco y Bryan Cranston: ¿Tenía que ser él?

Ironías de la vida, si Trump quiere continuar por la senda de Dory y ver la última de Pixar este invierno, tendrá que abrir bien los ojos ante Coco. Y resulta que Coco es el nombre de una anciana mexicana que apenas puede recordar a los suyos. Sorpresa. México existe más allá de los hombres malos y del muro. La película ni siquiera le sirve a Trump para darse importancia, para asegurar que está perseguido por los progres de la gran pantalla, para repetir que es el presidente más perseguido y vilipendiado de la historia. Tendrá que darle tregua a las teorías conspiratorias. El largometraje se gestó mucho antes de que el millonario fuera candidato. Se fue cociendo entre México y Estados Unidos durante los últimos seis años. Más de dos mil días para abrir las compuertas de la imaginación y levantar un mundo paralelo, el de los muertos. Para colarse por los huesos de Frida Kahlo, Emiliano Zapata y Cantinflas. Para ver más allá, en todos los sentidos. Los títulos de crédito son infinitos. Los apellidos, de todo tipo. Anglosajones, latinos, nórdicos, orientales... El mejor alegato contra los supremacistas blancos. El borrón más colorido que jamás se le ha pintado a los que piensan como Trump.

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