Una nueva telerrealidad


Parecía imposible encontrar a concursantes dispuestos a entrar en un programa de telerrealidad que no estuvieran maleados por todas esas claves que hacen fácil acaparar protagonismo en un género que vive del exabrupto y la polémica. Tantos años de Gran hermano y sus derivados han dado mucho de sí para convertir al reality en un contenido casi ficticio, con personajes tan grotescos que al espectador le resulta cada vez más difícil identificarse con ellos. Por esta y otras razones, Gran hermano languidece e improvisa un final precipitado para su revolución frustrada. 

OT ha jugado la baza de rescatar la mirada inocente de su primera hornada, que vivió su eclosión dentro del televisor sin saber la que se había montado en el exterior. Sus nuevos participantes crecen ante las cámaras como personajes cercanos y creíbles, que hablan de sus relaciones y sus indisposiciones intestinales, pero dentro de unos límites, porque tienen ante todo un objetivo vital, el de aprender a cantar, homologable con la vida corriente. 

El concurso ha sido capaz de conectar con el público joven en su nueva edición gracias a unas redes sociales que no existían en el 2001 y a una emisión 24 horas en YouTube en la que se pueden ver ensayos, clases, visitas de otros artistas y cosas tan poco frecuentes en televisión como una charla sobre prevención del sida por parte de una autoridad en la materia.

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