El inquietante caso Puigdemont

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Una de las cuestiones más inquietantes del procés es cómo un desconocido y sectario alcalde de Girona se ha llegado a creer la personificación del que denomina «un solo pueblo catalán», que él pastorea ahora desde Bruselas como el mesías de la nueva tierra prometida, la República catalana. Independentista desde siempre, con una aversión enfermiza a lo español, lo que, por ejemplo, le hacía no elegir nunca el puente aéreo cuando iba a Madrid, sino vuelos internacionales, aunque fueran mucho más caros y con escala. Aupado a la Generalitat por la CUP, durante su mandato fue el presidente de la mitad de los catalanes contra la otra mitad, provocando una gravísima fractura social. Tras amagar con convocar elecciones, le temblaron las piernas y prefirió la declaración de independencia. Mejor el desastre asegurado que ser considerado un botifler por los suyos. No dudó en huir a Bruselas, dejando en la estacada a Junqueras y los consejeros que fueron a parar a la cárcel, lo que sorprendentemente no lo ha penalizado, sino beneficiado. A resguardo de la Justicia española, se inventó Junts per Catalunya a su mayor gloria y hay que admitir que su estrategia, miserable al aprovecharse del encarcelamiento de su máximo rival para obtener ventaja, le está dando resultado tras una gestión presidencial pésima. Sus consignas demagógicas calan en el independentismo, aunque sean tan burdas como calificar a España de Estado fascista. Totalmente enloquecido y fanatizado, deambulando por una realidad paralela, lanza diatribas contra la UE y solo cuenta con el apoyo de grupos ultras xenófobos. No le importa. Se ha creído su propio personaje. Lo inquietante es que muchos catalanes también.

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