El españolismo que pide perdón


A pesar de que lleva casi cuarenta años ejerciendo de una u otra forma el poder, el goebbelsiano victimismo del nacionalismo catalán ha conseguido penetrar tan hondo en el imaginario colectivo, que ha generado una especie de sentimiento de culpa en una parte del españolismo ante la posibilidad de que Cataluña pudiera ser gobernada por fuerzas constitucionalistas. Se detecta estos días entre muchos opinadores no nacionalistas un llamamiento a no molestar al independentismo, a no humillar, a no provocar, como si hubiera que pedir perdón por el hecho de apartarlo del poder. Esa especie de síndrome de Estocolmo es el que hace que muchos de los que se declaran contrarios al independentismo acaben comprando inconscientemente su argumentario, considerando una provocación que se aplique la justicia y situando al mismo nivel a los que violan la ley y a quienes exigen que se cumpla.

Así, si el juez mantiene en la cárcel a los exconsejeros del Gobierno catalán y a los líderes de las plataformas independentistas acusados de rebelión que se niegan a renunciar a seguir delinquiendo, eso es una injusticia y un grave error político, porque habría que interpretar la ley de forma magnánima y dejarlos en libertad para que puedan hacer campaña en igualdad de condiciones con los que no han delinquido. No hay que provocar. Si otro juez dictamina que el tesoro de Sigena debe ser devuelto a Aragón, el magistrado es un insensato, porque en lugar de impartir justicia debería haber tenido en cuenta las consecuencias de su decisión y saber que eso iba a encolerizar a los independentistas y a alimentar su victimismo. Tendría que haber esperado para que, si el independentismo volvía al poder, pudiera seguir negándose a acatar la ley. No hay que provocar.

Si en plena campaña asesinan a un hombre por llevar unos tirantes con la bandera de España, no hay que magnificar ese suceso en los medios ni cargar las tintas, porque eso puede entenderse como un intento de estigmatizar al independentismo que tacha de fascista, insulta y degrada a cualquiera que exhiba la enseña nacional. No hay que provocar. Si la radio y la televisión pública de Cataluña son órganos de propaganda al servicio del independentismo y siguen haciendo todos los días apología del golpismo, no hay que apartar a sus dirigentes para garantizar la neutralidad, porque eso podría ser presentado por el independentismo como un ataque a la libertad de expresión. No hay que provocar. Si el constitucionalismo gana las elecciones y consigue gobernar, debería, en fin, no celebrarlo mucho y negociar con los independentistas para no dividir a la sociedad catalana. No hay que provocar.

Con ese acomplejado discurso de la equidistancia, fruto del freudiano miedo al triunfo de una buena parte de la opinión pública y publicada de las filas no independentistas, la tarea de ganar las elecciones, conseguir gobernar y regenerar la vida pública en Cataluña, devastada por décadas de adoctrinamiento nacionalista, se antoja una tarea titánica. Casi imposible.

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