Una Europa social


La Cumbre Social de la Unión Europea, celebrada hace unos días en la ciudad sueca de Gotemburgo, ha escenificado la proclamación de uno de los textos más esperanzadores de los últimos años: el Pilar Europeo de Derechos Sociales. Se trata de un compromiso de las principales instituciones comunitarias (Comisión, Consejo, Parlamento) que, con el apoyo de los Jefes de Estado y de Gobierno de los Estados miembros, pretende iluminar el camino que conduzca a una Europa social. Un destino todavía lejano. Pese a su importancia, el acuerdo es exclusivamente político, confiando su fuerza jurídica a las siempre inciertas reformas de los Tratados.

El Pilar se desgrana en veinte principios de marcado contenido social, muchos de los cuales se centran en la protección de los trabajadores comunitarios. Es éste un modo de actuar habitual en la Unión Europea: fortalecer su posición en una materia vinculando el reconocimiento de derechos al mercado de trabajo y, por extensión, al correcto funcionamiento del mercado interior, en el que la Unión actúa como «Sumo Sacerdote». Sin embargo, el texto va más allá de lo laboral abordando el derecho a unos ingresos mínimos, a la salud, a los servicios esenciales... El refuerzo con otros textos internacionales que intentan actuar sobre la realidad post-crisis (como las Iniciativas del Centenario de la Organización Internacional del Trabajo), podrían proporcionar una base sólida sobre la que edificar la futura legislación social de la Unión. 

Más allá de la proclamación, la puesta en marcha de esta «Europa social» garantiza turbulencias. No podría ser de otro modo al tratarse de competencias en parte compartidas entre la Unión y los Estados miembros, y en la que los avances dependerán de la siempre difícil coordinación de voluntades. La Comisión deberá pilotar el proceso con tino, buscando solidaridades de hecho y aplicando una presión suficiente para vencer las resistencias nacionales sin despertar recelos insuperables. De la habilidad de la Comisión dependerá en parte el éxito de una iniciativa cuyo presidente, Jean Claude Juncker, parece haber abrazado con más pragmatismo que convicción ideológica. 

La Europa social dependerá también de la ambición del eje franco-alemán. El europeista Macron, parece dispuesto a apostar por él. Por su parte, la siempre pragmática Merkel podría utilizar la iniciativa como un cebo irresistible para empujar a los socialdemócratas del SPD, que han insistido en la necesidad de que Alemania asuma una mayor implicación europea, a una Gran Coalición que la Canciller necesita desesperadamente. Veremos.

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