Multas al pequeño comercio


Desde hace varias semanas, al menos en Oviedo, el Principado ha abierto la veda cinegética contra los comerciantes. Desconozco si la persecución y acoso a la que los somete algún infame jefecillo de servicio obedece a un mandato directo del también infame responsable político o se debe a un exceso de celo, agresividad o aburrimiento del funcionario de turno. Es igual de perjudicial e injusta. Conozco al menos dos casos reales en los que la Administración ha multado con nada menos que 600 euros tiendas por no exponer todos los precios en su escaparate. Una información que, posiblemente, sea útil al consumidor pero cuya ausencia tampoco le perjudica gravemente: basta con entrar en la tienda y preguntar; cualquier dependiente le dará la información con gusto. Para quien hizo el reglamento con una desproporción tan delirante y lo aplica con tanto rigor, los comerciantes deben de ser ricos y avaros burgueses que atesoran monedas de oro en sus sótanos y hay que exprimir el limón por esa vía. En la realidad, para la gran mayoría de comercios, la multa supone un descalabro mensual. En un solo día, la presunta inspectora fue capaz de dejar alegremente un rastro letal de docenas de estas multas sin que nadie haga nada por detenerla.

Lo cierto es que, fuera de periodos electorales, todas las administraciones se dedican a agredir y criminalizar a los autónomos más o menos gratuitamente, amparadas en la idea de que tanto los comerciantes como los profesionales son siempre mezquinos defraudadores, cuando la realidad es que pagan religiosamente y sustentan una muy buena parte de la economía y de la tributación. Dinero por el que no reciben nada a cambio. Obviamente, los cada vez más desacreditados y ridículamente implantados sindicatos se lavan las manos: sólo les interesan los trabajadores de empresa, ni los autónomos ni los parados cuentan para ellos lo más mínimo salvo para cobrar jugosas subvenciones que en el pasado, presuntamente, dedicaron a engordar sus propios salarios. Otro tanto ocurre con la patronal, cuyos representantes suelen ser de todo menos empresarios. Los empresarios de verdad no tienen tiempo para tonterías.

El ejército de los trabajadores por cuenta propia está cautivo y desarmado, como dijo un personaje innombrable en otra ocasión. Son filas de pagadores casi sin contrapartida, que no protestan, no se organizan, no arman barullo en las calles, no plantean declaraciones de independencia. Son ciervos en desbandada, cada uno rezando porque no le llegue el tiro de uno u otro lado. Hay que esperar a los periodos electorales para que se fijen en ellos, les hagan promesas y queden olvidados acto seguido durante otros cuatro confortables años.

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