Periodistas (Lecciones catalanas)


Los periodistas constituimos un gremio ridículo y dengoso (en su acepción gazmoña), pero sobre todo bufón y, por consiguiente, diáfanamente risible. Estos atributos son los más corrientes, los que el periodista que, de tanto en tanto le da por despertar de su ensoñación, admite como consustancial a su labor cotidiana y que, sin embargo, esa tal admisión, requiere la participación de una conciencia ética, porque ocurre a menudo que el sobresalto que hace  a uno finalizar súbitamente el sueño, le entrega de nuevo a las sábanas, y hasta estas con mantas o edredón nórdico, de otra dormitación altamente narcótica por la que se cree, y hasta se asegura bajo juramento o promesa, que es la realidad.

Cuan goma espuma que usa el empaquetador de un electrodoméstico frágil para protegerlo por las caras y las esquinas, los periodistas-soñadores (concepto este que no requiere una explicación pormenorizada, bastando con señalar su inclinación o convencimiento de ser ellos mismos sucedáneos de buena calidad de los prohombres con los que se relaciona en el ejercicio de su tarea o, también, ser ellos prohombres de poder y de influencia determinante, además de intelectuales, etcétera); acabo de decir: estos periodistas-soñadores, y sigo con la comparación, son el grueso del electrodoméstico; mejor, su parte central, y que, suponiendo que se trate de un hexaedro irregular, como un microondas, las seis partes que rematan el poliedro, o sea las que están en contacto con la caja de cartón y que son aisladas por la goma espuma, representan otros tantos especímenes  de intermediaros de la información.

No obstante, dando por buena la fórmula periodista=microondas, el segundo término de la fórmula presenta un mayor peso hacia uno de los extremos de la caja, donde se ubica el motor, viéndose obligado el empaquetador a colocar un pedazo de goma espuma más consistente en ese lado, e, idénticamente, el mayor peso del gremio de periodistas refuerza asimismo ese lado (hablo de peso, no de número, que este compone la parte central antes referida; es el peso en kilos que los informantes van cogiendo con los años, años de vacas gordas, años en los que son cebados en las comilonas que les dan los prohombres verdaderos, amén de otras prebendas, tales como dineros, viajes exóticos…, y, además, los hombres principales les confieren un ‘peso’ social, que, naturalmente, hay que sumar al peso del cuerpo y al peso de las cuentas bancarias y al peso de otras raciones de muy variado género).  

Ya saben ustedes que cosa bien distinta es leer acerca del nacimiento del fascismo en Europa en la primera mitad del siglo XX que asistir al proceso. Pero resulta que ustedes y yo estamos asistiendo, justamente ahora, al despertar agitado del fascismo en Cataluña. Supongo que alguno de los lectores discrepará, y hasta me maldecirá, por atreverme a calificar de fascista el procés, pero absténganse de imputarme que estoy comparando a los Puigdemont, Junqueras, Rovira, Forcadell, Gabriel (Ana), Colau, Tardá, Rufián, ANC, OC, las juventudes de Arran y tantos y tantos más, con Mussolini, Franco o Hitler. Porque estos tres perpetraron crímenes en masa y los catalanistas, no, aunque, por lo visto y oído y leído, Mussolini y Hitler comenzaron sus hazañas exactamente igual que los líderes independentistas, con unas muchedumbres tan exaltadas como zotes que les sigue. ¿O no?: insultos, vejaciones, escupitajos, patadas, hostias, incendios de propiedades, acorralamientos, amenazas de muerte y un asesinato en Zaragoza, consecuencia directa de las arengas de los ideólogos del ‘fascis’ catalán. Y habrá más.

Pero a propósito del criminal Rodrigo Lanza, ensalzado por Ada Colau, los Comunes maños y Pablo Iglesias, me voy al periodismo (de peso) que se practica en Cataluña. Lanza fue ‘lanzado’ al estrellato por periodistas con el documental ‘Ciudad muerta’ y recibido como héroe y mártir por la Asociación de la Prensa de Cataluña, como víctima de un complot político, policial y judicial, cuando fue el verdugo de un agente al que dejó tetrapléjico. Sin embargo, esta no ha sido la felonía mayor. De menos a más, la autocensura que se imponen los periodistas de los diarios catalanes de mayor tirada (miedo, pérdida de lectores, connivencia con los republicanos), y, en el extremo, TV3, Radio Cataluña y los numerosísimos medios locales y webs alimentados por el aparato político-económico desde tiempos lejanos y muy descaradamente con los gobiernos de Mas y Puigdemont.

La trama mediática urdida en Cataluña puede identificarse, de hecho y de derecho, con el borrado de las imágenes (damnatio memoriae) del creador del primer monoteísmo, el faraón Akenatón tras su fallecimiento en el año 1336 antes de nuestra era; con la desaparición de Trotsky de la foto que se le había tomado al lado de Stalin, o con el arquetipo de propaganda más manido y efectivo: Joseph Goebbels. Centenares y centenares de periodistas han vendido lo más noble de su cometido, la búsqueda de la verdad, por un puñado de denarios. Con el mensaje machacón de que los constitucionalistas y el Estado son la reedición del régimen franquista, los informadores al servicio del Govern han desconectado de la realidad, y de la verdad, las mentes de los receptores, dañándolas irreversiblemente, a la manera de Walter White con su metanfetamina en la gigantesca serie de TV de Vince Gilligan ‘Breaking Bad’. Mañana, cuando se sepan los resultados electorales, y en los días venideros, estos hooligans del periodismo meterán en el microondas la información, pondrán el aparato a su máxima potencia para retorcer sus moléculas y la sacarán con las propiedades óptimas que ya exigen las masas hambrientas.

Para concluir con la deriva aberrante del periodismo, de la que el catalán nos está dando lecciones magistrales, les transcribo las primeras líneas del primer párrafo del libro de la estadounidense Janet Malcolm El periodista y el asesino, líneas que se han convertido en bíblicas: «Todo periodista que no sea tan estúpido o engreído para no ver la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible. El periodista es una especie de hombre de confianza, que explota la vanidad, la ignorancia o la soledad de las personas, que se gana la confianza de estas para luego traicionarlas sin remordimiento alguno (…) Los periodistas justifican su traición de varias maneras según sus temperamentos. Los más pomposos hablan de libertad de expresión y dicen que el público tiene derecho a saber; los menos talentosos hablan sobre arte y los más decentes murmuran algo sobre ganarse la vida».

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