La transición pendiente en Cataluña

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Más que la elección de un nuevo Gobierno, lo que Cataluña afronta este jueves es la posibilidad de abrir un proceso de transición que acabe con un déficit democrático que dura ya mucho tiempo y que ni siquiera el articulo 155 puede arreglar porque va mucho más allá del debate sobre la independencia. La campaña electoral está evidenciando esa situación anómala, que lleva a que en Cataluña se vean ya como normales cuestiones que no lo son en absoluto en términos políticos. En ninguna democracia avanzada, por ejemplo, sería admisible que dos presuntos delincuentes acusados de delitos gravísimos, incluido el de malversación, participen en un debate electoral. ¡Y que encima pretendan dar lecciones! 

Tampoco es democráticamente asumible que el líder de uno de los partidos favoritos para ganar las elecciones sea un supremacista como Oriol Junqueras, que mezcla la religión con la política, afirma que los catalanes son genéticamente distintos a los españoles y justifica la independencia de Cataluña en la necesidad de imponer «la igualdad a los ojos de Dios y el amor fraterno». Un discurso iluminado y xenófobo que en cualquier otra democracia lo relegaría a la categoría de ultra, chiflado y apestado con el que nadie querría pactar. Y también degrada la calidad democrática de Cataluña el que un candidato como Puigdemont diga que su victoria garantiza la salida inmediata de la prisión de personas encarceladas, porque eso, además de ser una mentira flagrante, evidencia un absoluto desprecio a la justicia y la separación de poderes, lo que es impropio de cualquier demócrata.

Nada de esto es normal, por más que en Cataluña se hayan acostumbrado a ello tras soportar durante años el discurso de que el fin justifica cualquier medio. Como tampoco lo es que una periodista como Mònica Terribas, que ha alentado desde un medio de comunicación público el acoso a las fuerzas de seguridad desvelando en directo la ubicación de policías y guardias civiles, no solo permanezca en su puesto de trabajo sin que ello haya tenido consecuencias, sino que sea la locutora estrella ante la que tienen que desfilar todos los candidatos para ser entrevistados. Y es inaceptable también que haya partidos que nieguen a una candidata el derecho a ser presidenta, saque los votos que saque, por haber nacido en Jerez. 

El nacionalismo catalán lleva décadas lastrando a Cataluña en términos económicos al destinar a la promoción de su causa una ingente cantidad de recursos públicos que son de todos. Y en términos educativos y sociales al imponer un adoctrinamiento antiespañol en escuelas y medios. Pero el independentismo ha acabado por ser también un lastre moral que está hundiendo la reputación democrática de Cataluña a ojos del mundo. El daño provocado es gigantesco y la recuperación llevará mucho tiempo. El paso imprescindible para iniciar el proceso de transición que permita acabar con esta situación de déficit democrático es que las urnas aparten a sus responsables del Gobierno de Cataluña. Sí. Josep Borrell tiene razón. Será necesario coser las heridas. Pero antes habrá que desinfectarlas.

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