El fin de un régimen

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Los catalanes afrontan hoy el dilema de mantenerse durante otros cuatro años en la inseguridad jurídica, el caos político, el enfrentamiento social, el desprestigio internacional, la desaceleración económica y el sectarismo excluyente, o apostar por la ley, el orden, la regeneración de las instituciones, la recuperación de la prosperidad económica y la igualdad de oportunidades. Cualquiera que se llame demócrata debería tener muy claro qué partidos representan cada una de estas dos opciones y votar en consecuencia. 

Pero Cataluña se juega mucho más que un cambio de gobierno. La estafa perpetrada por quienes prometieron a los catalanes una independencia que sabían imposible ha sido solo la huida hacia adelante de un verdadero régimen nacionalista institucionalmente corrupto y políticamente agotado, que después de décadas ejerciendo el poder no tiene ya nada que ofrecer a Cataluña y solo lucha por perpetuarse.

Por primera vez en democracia existe la posibilidad real de desmontar en las urnas la falacia de que Cataluña solo puede ser gobernada desde un proyecto de óptica nacionalista que sitúe a España como un enemigo. La posibilidad de que el más votado en las elecciones de hoy pueda ser un partido como Ciudadanos, que defiende sin complejos la obviedad de que Cataluña es una parte esencial de España, destruye definitivamente ese mito y deja en ridículo a quienes plantean la independencia unilateral. El adoctrinamiento sistemático y el acoso que padecieron durante años en Cataluña quienes renegaban de ese nacionalismo excluyente llevaron al conformismo de una mayoría social y a la resignación de partidos como el PSC, que abrazaron el discurso nacionalista, dando así por perdida la batalla.

Pero el coraje que ha demostrado durante esta campaña la candidata de Ciudadanos, Inés Arrimadas, enfrentándose con valentía y argumentos a los intentos de amedrentamiento que se repitieron incluso ayer, en plena jornada de reflexión, ha devuelto la esperanza y la autoestima al constitucionalismo en Cataluña. Por ello, el intento del socialista Miquel Iceta de negarle a Arrimadas la legitimidad para presidir la Generalitat y de postularse él es una indignidad. Y el respaldo soterrado de una parte del PP a esa opción Borgen de Iceta, que supondría la continuidad del nacionalismo en el poder, es la explicación de su fracaso. Pero aunque el independentismo perdiera la mayoría, será difícil que Arrimadas gobierne, porque necesitaría también la ayuda de los comunes de Iglesias y Colau, instalados en la tesis de que cuanto peor para España, mejor para ellos, y a los que nadie que apueste por un cambio debería votar hoy.

Gobierne o no, el cambio se llama Inés Arrimadas. Gracias a ella, el separatismo sabe desde hoy que su proyecto excluyente ha fracasado y que cualquier intento de declarar unilateralmente la independencia no solo les llevará a la cárcel, sino que se encontrará de frente con una Cataluña que estaba postrada y se ha levantado. Por encima de todo, las elecciones de hoy son el fin de un régimen.

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