Lo hipster


Cada vez que alguien en España habla de la hipsterización de la cultura con el objetivo de acabar con esa lacra que algunos descubrimos hace lustros, o simplemente con el afán de señalar el hecho como algo negativo, me pregunto dónde estaban todos estos antes de que el hoy perdido en lo inane Owen Jones publicara su «Chavs, la demonización de la clase obrera». Y la respuesta, me temo, aparece con voz susurrante en el interior de mi cabeza: «estaban en el centro de las grandes ciudades, de Asturias a Barcelona, contribuyendo a la hipsterización de la cultura», y añado «popular», pues no es otra la cultura que se pretende hipsterizar, gentrificar, o lo que sea que hagan con ella.

Así han surgido algunos periodistas culturales en busca del secreto mejor guardado de España: la cultura de las clases populares. Como si de higienistas decimonónicos se tratara, intentando eliminar los miasmas que producen las enfermedades a los habitantes de Whitechapel, han surgido pastores que reniegan de la sobredimensionada y superficial Movida Madrileña, aunque a buen seguro en aquella época, de haber tenido la edad correspondiente, habrían pertenecido a ella con notorio entusiasmo.

Cuando era crío, en el barrio en el que crecí, un barrio marginal a la espera, supongo, de que algún héroe burgués decida acudir en busca de talentos hoy en día, la diferencia entre lo que veíamos en programas como «La bola de cristal», y sus rutilantes estrellas de la Movida con lo que veíamos en la calle, era abismal. Allí no había Alaska ni Pegamoides, ni Almodóvar y el otro, no. Allí había una curiosa y pintoresca mezcla de camisetas de Iron Maiden o Barón Rojo y atronadores reproductores de casete con los Chichos a toda pastilla. Mientras Barón Rojo llenaba salas enormes, los que se llevaban la palma eran los modernitos de marras, que hoy han cambiado los pelos de colores por las gafas de pasta. Vamos, que todo esto de la hipsterización no es nuevo.

Lo que sí es nuevo es ese afán por descubrir lo genuino del arte de las clases populares. Como valientes exploradores venidos de, qué sé yo, Mirasierra, estos aguerridos liberadores venidos del periodismo musical o la política de nuevo cuño, pretenden adentrarse entre los salvajes a decirles que su medicina es buena aunque no lleguen a los 40 años. El Buen Salvaje tiene mucho que decir, y aquí llega el burgués bienintencionado (o no) para comunicárselo no sólo a ellos, también a los medios y las instituciones del país. Como si este no fuera el país que explotó a los cantaores flamencos en ese submundo indecente de juergas de señoritos andaluces. Como si el cantante de Obús no tuviera que andar reciclándose en programas basura como Gran Hermano después de toda una vida al frente de su banda de rock. Pero hay más. 

No estamos ante emuladores de Alan Lomax, precisamente. Desde sus tribunas, algunos, conscientemente o no, son adalides del determinismo cultural más rancio, pero con colores ácidos. A los pobres, los de abajo, la clase obrera, ponga usted el nombre y la actitud hacia ellos que más se ajuste a sus prejuicios, pretenden decirles qué es genuinamente pobre y qué no lo es. Es decir, si tú, joven del extrarradio, paria europeo, pretendes hacerte un nombre en el mundo del jazz, la música celta o el bluegrass, alguno de estos exploradores de la nada te dirá que estás alienado. Que eres un anglófilo. Que estás traicionando de alguna manera que no acabas de entender a los de tu clase. Aunque Django Reinhardt probablemente esté más cerca de tu clase social que cualquiera de estos periodistas haciéndose pasar por azote de los esnobs. Aunque pongas pasión y sinceridad en lo que haces, e incluso aunque dispongas de un talento monstruoso para ello. Nada de esto importa, pues lo único que importa en realidad es el Orden. Cada uno con sus cosas, a lo suyo, sin pisar los templos posmodernos donde los esnobs que hoy reivindican la cultura popular siguen arrebatándosela a sus creadores en nombre de su liberación.

Quizá la solución a todo esto de la hipsterización pasa por admitir que alguien de clase baja puede hacer o escuchar lo que le venga en gana sin pedir permiso de pureza de clase a nadie que viva de decirle qué manifestación cultural es la correcta para los suyos. La hipsterización no se va a detener jamás, y el esnobismo de estos aguerridos exploradores de las tierras ignotas del barrio marginal a medio kilómetro del suyo mueve todas las fichas, y parece ser que la última es hacerse pasar por algo que no se es y fagocitar de alguna manera lo que hacen los pobres. Y no lo hacen por otra cosa que dinero, y seguirán mirándote como un intruso cuando les llegue lo que haces, porque en el fondo, para ellos, no eres más que otro pobre, y si hay algo que caracteriza a las clases populares, es la ausencia de efectivo, que es el rasgo que más nos une y nos caracteriza a las clases bajas, aunque algunos no lo entiendan. O sí, y les da igual.

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