Por debajo del futbolín

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Cataluña votó. Y nos dejó al resto de los españoles una sensación gatopardista. El 21D ofreció varias novedades significativas en el escenario político catalán, como la histórica victoria de Arrimadas, los hundimientos del PP y de la CUP, el pinchazo de la equidistancia electoralista e imposible de los comunes y de Podemos y la resurrección de la vieja Convergencia (como la energía, no puede ser destruida, se transforma) escondida bajo la efigie del huido Puigdemont. Pero en el juego de bloques, el que puede decidir a corto plazo quién gobierna, muy poco ha cambiado.

Han perdido escaños, pero si se ponen de acuerdo, que no será nada fácil, los independentistas tienen mayoría absoluta. Y si se respetan las reglas básicas de la democracia, Carles el belga, un prófugo de la justicia, aspiraría a la presidencia. El otro líder separatista, el encarcelado Junqueras, ha perdido la partida. Ahora tendrá que tragar el sapo de investir a su verdadero gran rival o ser llamado traidor. Y los dos tendrán que pasar por debajo del futbolín y aceptar las exigencias de la CUP, que nunca ha renunciado a la unilateralidad independentista. ¿Habrá elecciones en unos meses?

En el otro lado del espectro, el constitucionalista, solo un partido tiene motivos para la sonrisa, Ciudadanos. La ganadora, Inés Arrimadas, aún tiene mucho recorrido. Y Albert Rivera piensa en clave estatal y sueña con la Moncloa. Más allá del mundo naranja, el PSC tiene que revisar estrategia y liderazgo (La pregunta pertinente es: ¿y si Borrell hubiera sido candidato?) y el PP puede cerrar su sede catalana. No pasaría nada.

En la soledad de la tercera vía, Colau e Iglesias se quedaron sin cena y sin postre. Perdieron. Y no son decisivos.

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