El independentismo de Puigdemont se impone


Las elecciones no han resuelto nada del embrollo: los independentistas conservan su mayoría absoluta en el Parlamento de Cataluña. Algo más divididos, un poco más débiles, pero con fuerza y escaños suficientes para restituir a su líder, el prófugo Puigdemont, y para retomar el procés que había truncado momentáneamente la aplicación del 155. La hora de la restitución, dicen sus huestes. Volvemos a la casilla de salida, porque hubo enroques y piezas que han cambiado de posición, pero el nacionalismo moderado sigue desaparecido y el independentismo continúa vivo y vigoroso. Volverá a ocupar las calles y, lo que es peor, restablecerá su cuartel general en el seno de las instituciones del Estado. Y no precisamente para mejorar la calidad de vida de los catalanes, sino con la única finalidad de soltar amarras con España.

El dogma se ha impuesto a la razón. Uno puede entender que, durante la primera fase del procés, la muchedumbre siga ciegamente al mesías que le promete la redención y el paraíso. Albas de gloria, nación liberada del yugo español, enjundiosas pensiones, economía boyante sin la rémora de la España atrasada. Pero hay decisiones que la razón no alcanza a explicar, como obstinarse en esa cruzada contra el infiel español después de haberse asomado al vestíbulo del infierno. Después de comprobar cómo huyen sus empresas hacia zonas templadas y seguras, cómo pasan de largo los cruceros turísticos, cómo se congela la inversión exterior, cómo sube el paro y baja la economía, cómo Europa rechaza el esperpento.

La epopeya heroica que prometía el programa soberanista se ha transformado en ópera bufa, el valeroso redentor en prófugo cobarde, pero hay más de dos millones de catalanes que aprueban el cambalache. Cuesta entender su fe irreductible.

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