¿Referendo para Barcelona y Tarragona?


Ironías de la vida parlamentaria. La CUP y el PP compartirán grupo mixto. Riera y Albiol, colegas de bancada. Los votantes separatistas han preferido el surrealismo de la huida a la épica del martirio carcelario. Mejor los paseos de Carles Puigdemont por los bosques de Bruselas que las noches en Estremera de Oriol Junqueras. Apoyan el independentismo electores del interior de la comunidad. Las zonas más pobladas, desarrolladas y productivas, las que elevan el PIB, prefieren a Ciudadanos. Por primera vez en la historia de Cataluña, un partido no nacionalista gana las autonómicas en votos y escaños y lo hace poco más de diez años de su fundación. Pero, al mismo tiempo, los secesionistas conquistan la mayoría absoluta en escaños. Es como conseguir golear al rival en el clásico pero sabiendo que tienes la Liga perdida.

¿Y ahora qué? ¿Tanto ruido para acabar tocando prácticamente la misma melodía? Pues sí. Todos deberían aprender la lección, aunque seguramente ninguno se dé por aludido. El independentismo resiste, pero clavándose en el 47 %, décima arriba, décima abajo, con unos dos millones de votantes. En los grupos de WhatsApp algún empresario hotelero catalán lanzaba ayer el mensaje «nos arruinarán». Ante este campo de minas político, la estabilidad parece una quimera. Puigdemont ha sido ungido por los suyos. Y hasta ahora ha estado dispuesto a todo para su causa (excepto a entrar en prisión). Los independentistas sumaban 72 diputados antes de estos comicios. Ahora tendrán 70. Pero al líder seguramente le valdrán para un roto y un descosido. En una entrevista previa al 1 de octubre justificó haberse lanzado al vacío sin una mayoría cualificada en el Parlamento catalán. «Claro que nos hubiera gustado tener más apoyos, pero es el único camino que hemos encontrado para hacer el referendo. Es el único posible, no hay otro», explicó.

Si el soberanismo se aplicara su propia lógica, Inés Arrimadas debería amenazar mañana mismo con proclamar la independencia de la franja costera de Barcelona y Tarragona para olvidarse de todo lo demás. Una locura. En Santa Coloma, en las anteriores autonómicas, un granadino que vive en Cataluña desde hace décadas le preguntaba a un gallego: «Pepe, ¿tendremos que marcharnos?». Recibió una respuesta curiosa: «Hombre, si aquí hiciéramos como otros, tendríamos que invitarlos a ellos a marcharse». Dos bloques. Dos «ellos».

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