Tabarnia independiente

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El grito de «Tabarnia independiente» causa furor en las redes. Y a mí, tan poco proclive a la ciencia ficción y a sus sugestiones, debo confesar que me atrae la propuesta. No las demandas secesionistas de esa región imaginaria, integrada por un puñado de comarcas de Barcelona y Tarragona, sino sus argumentos, calcados de los que usan Puigdemont, Junqueras y congéneres. Porque Cataluña es a España lo que Tabarnia es a Cataluña. Tabarnia tiene rasgos específicos, cuasi coloniales, que la distinguen de la república catalana: baste saber que allí votan mayoritariamente a los partidos monárquicos de la metrópoli, mientras que en el resto de la nación optan por Junts per Catalunya y ERC. Cataluña roba a Tabarnia: Barcelona, la capital de esta región colonial, aporta el 87 % de los ingresos de la Generalitat y solo recibe el 59 % de la inversión. Tabarnia, la Crimea catalana, tiene derecho a la autodeterminación y a constituirse en Estado independiente. Sus habitantes quieren votar, que en eso consiste la democracia, pero no en promiscuidad con los catalanes que los asoballan.

Lo de Tabarnia es un invento imaginativo, cierto. Un juego, pero un juego pedagógico: explica mejor que Borrell y los sesudos cálculos de los expertos la falacia secesionista. Y a mí me permite patentar, con miras en el negocio de Reyes, la versión gallega del entretenimiento. Les explico, de manera esquemática y provisional, el proceso de creación que pretendo seguir.

Primeramente se trata de definir la nación emancipable del yugo gallego. La denominaré Eixo Atlántico y la integrarán 19 comarcas gallegas, aquellas que grosso modo están emplazadas entre el océano y la AP-9. Aunque la frontera exacta deberá precisarla la comisión correspondiente, la Tabarnia gallega estaría compuesta por 110 concellos de las provincias de Pontevedra y A Coruña.

El siguiente paso consiste en dotar de personalidad propia e identidad histórica y cultural a la nueva nación, justificativa de su derecho a decidir. Esta se prefigura como la tarea más ardua, porque el territorio gallego se presenta bastante homogéneo en usos, costumbres, tradiciones y lengua. En casi todos los rincones se habla castellano, gallego y castrapo. Pero aún así se perciben sutiles diferencias que, bien resaltadas, permitirán descubrir la idiosincrasia específica de la nueva nación. Que los ciudadanos del Eixo Atlántico nunca te vean y siempre te miren -«mireite onte no concerto»-, que llamen lacóns a los lacós de Lugo o que se sorprendan al ver una bilbaína en el centro de las cocinas rurales, me hace pensar que su ADN singular puede a la postre ser certificado.

El tercer problema, la reivindicación económica, se me antoja el más fácil de solventar. El Eixo Atlántico, integrado por poco más de un tercio de los concellos gallegos, paga tres cuartas partes de los impuestos recaudados en Galicia. Galicia le roba al Eixo Atlántico. No hay duda.

Solo lamento no estar en condiciones de liderar el nuevo proyecto nacional. Los de Monterroso pertenecemos a la banda de los que roban: los que nunca tenemos derecho a decidir.

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