Tabarnia y Asturalia


Tabarnia era una broma bastante mediocre que circulaba por ahí hasta que tras unas horas de tabarra algunos independentistas comenzaron a tratar de desmontarla con artículos, citas e hilos de tuiter lo que la volvió desternillante. De pronto comenzaron a defender la necesidad de respetar la legalidad de forma estricta, la importancia de no cuestionar la indisolubilidad de la patria, también que era imposible plantear un debate semejante teniendo en cuenta que la división del electorado en las áreas del territorio tabernés no dejaba mayorías claras o que resultaba del todo improcedente y supremacista el argumento de que Tabarnia acumula y produce la mayor parte de la riqueza de Cataluña y el resto de comarcas y provincias se aprovechan de ello con subsidios. Lo realmente gracioso de toda esta historia no es el invento de Tabarnia sino la imposibilidad que tiene buena parte del independentismo para ver que lo que más les ofende de la discusión es un reflejo exacto y calcado de sus propios argumentos.

Hay también otro grupo al que no le ha parecido nada divertido. Todo un sector de la izquierda que se ha puesto circunspecta y rigurosa de repente porque se hagan chanzas con un asunto tan serio. De esto no te puedes reír, qué va a ser esto, usted no sabe con quién está hablando. Es una muestra del erial, yermo y pacato, en el que ha venido a devenir en los últimos años gran parte del supuesto pensamiento progresista del país que contempla estupefacto cómo van menguando sus apoyos, cómo nunca termina de rematar sus objetivos electorales a pesar de enfrentarse a un conservadurismo que considera anquilosado --no lo está en absoluto-- y que resiste a pesar de estar embarrado hasta el tuétano en casos de corrupción. Para explicar su impotencia recurre siempre a los argumentos más peregrinos, a todo menos a asumir que no elige bien sus batallas, que se pierde en chorradas sinsustancia y atomizaciones puritanas. Después de una larga, larguísima, década de crisis que ha aniquilado derechos sociales, con el paro siendo la principal preocupación del país (a mucha distancia de la segunda); ha sido incapaz de plantear el empleo y las mejoras laborales como centro del debate, cada grupúsculo prefiere envolverse en sus andrajos de firmes principios antes que formar la menor alianza con posibles compañeros de viaje, ni un acuerdo estratégico sobre un sólo punto programático; todo en nombre de una pureza inquisitorial que no es más que intransigencia y tozudez de pollino. 

Decía un profesor mío en Salamanca que, en esa ciudad, quien no había ido a una conferencia a las siete de la tarde te la daba; y así estamos cada cual con su discurso sesudamente elaborado, lleno de jeringonza de enterao, con muchos planes hipotéticos geniales que son castillos de naipes; lo que sea antes de ponerse manos a la obra empezando aunque sea por un propósito modesto pero concreto. En realidad muchos actúan como los dibujos de Bugs Bunny y el Pato Lucas, cuando ambos discuten ante la escopeta de Elmer el cazador si es temporada de patos o conejos, ¡patos!, grita Bugs, ¡conejos!, responde Lucas, durante un breve bucle. De pronto Bugs cambia a conejos y por llevarle la contraria Lucas grita ¡patos! hasta que él recibe el tiro. Las grandes mentes que llevan un lustro machacando la necesidad de imponer el marco del relato se toparon de pronto con que habían metido el cuezo en uno que no pueden controlar en absoluto, y en una querella sobre identidades nacionales las demandas sociales quedan sepultadas sin remedio para beneficio de los esencialistas tribales. Un aplauso. 

Lo peor de jugar a la hipocresía como amateurs es que, al final, quedas a merced de los profesionales. Tabarnia es un invento jocoso que se burla del, en buena parte impostado, memorial de agravios de un secesionismo que ha divido a la sociedad en Cataluña. En Asturias --Asturalia, cantaba Dixebra recordando la expansión del eucalipto y terminando pedir ser una isla-- llevamos meses asistiendo a cómo se urde un conflicto interesado contra la posibilidad de que se haga oficial la lengua asturiana en un futuro próximo, con un bombardeo de querellas artificiales sobre imposiciones que no existen ni se las espera, llegando a señalar con el dedo a los que no tienen cuatro abuelos del país para que no opinen. Va para tres décadas que se enseña asturiano en la escuela sin más problemas que los que sufre el profesorado al que no se le reconoce su especialidad y las familias que alguna vez reclaman la asignatura y no se les ofrece. Con trabas constantes a los mínimos derechos que ya reconoce la ley a quienes deseen hablar en asturiano todavía se les pretende hacer pasar a ellos como opresores con una fantástica construcción del apocalipsis bablista no vaya a llegar por si acaso. Es alucinante. 

Pero ¿cómo enfrentarán esta y otras batallas los que tan a gusto se meten en el disfraz de parodia con que los viste el adversario?

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