Aún es posible evitar la catástrofe

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El año del inicio de la reconciliación, o el año de la consumación del desastre. Hacía mucho tiempo que los españoles no estrenábamos el calendario con una incertidumbre tan grande sobre lo que nos deparará el futuro como la que nos invade en este arranque del 2018. Es cierto que resulta deprimente y que no invita precisamente al optimismo el hecho de que diez días después de unas elecciones catalanas convocadas y celebradas en circunstancias dramáticas no hayamos escuchado un solo discurso de grandeza en el que alguien invite, aunque sea de manera retórica, a superar un conflicto inexplicable y a restañar las heridas. Seguimos instalados en la amenaza y la desconfianza, sin dejar espacio alguno a la recuperación de la cordura.

Es indudable también que el horizonte penal que aguarda a quienes optaron por imponer su proyecto de ruptura, vulnerando así el espacio de convivencia acordado en su día por todos, dificulta en grado sumo el que encontremos una salida al atolladero en el que nos hemos metido, porque el independentismo ha querido encargar la búsqueda de ese necesario espacio de consenso a los mismos que nos llevaron hasta aquí. Pero es igualmente cierto que, aunque la Justicia debe seguir su curso, porque la historia nos enseña que no aplicarla es garantía de destrucción de la democracia, el Estado estaría obligado a buscar la solución mas generosa, dentro del estricto cumplimiento de la legalidad, en caso de que quienes han vulnerado la ley rectifiquen y, sin renunciar a sus objetivos, vuelvan a la vía del diálogo para alcanzarlos y apuesten por el consenso para enderezar un conflicto que nunca debió salirse de ese carril democrático. Prometer un indulto a quien ni siquiera ha sido juzgado y tampoco ha mostrado por ahora signo alguno de arrepentimiento o rectificación es un error mayúsculo que, además, no favorece la enmienda de quienes se han equivocado tan gravemente. Pero trabajar para buscar una salida razonable a este laberinto y evitar un choque de consecuencias incalculables es una obligación de todos. Cinco años de irracional imposición unilateral han generado rencores y afrentas muy difíciles de superar. Pero cualquier gesto que apunte a una rectificación, por mínimo que sea, debería ser acogido con generosidad para facilitar una salida a los que se han metido en este lío. Lo contrario sería apostar por echar sal en las heridas. Llámenme iluso. Pero en este incierto arranque del año 2018 yo apuesto por que los españoles seremos capaces de encontrar una salida que evite que acabemos despeñándonos definitivamente por el barranco.

Hace ahora cuarenta años, en circunstancias mucho más complejas que las actuales y con heridas mucho más graves que estas, un político audaz se atrevió a citar a Machado en la tribuna de unas Cortes franquistas. «¡Qué importa un día! Está el ayer alerto al mañana, mañana al infinito; ¡hombres de España, ni el pasado ha muerto, ni está el mañana -ni el ayer- escrito!». Y acabó bien. Parece casi imposible. Pero aún estamos a tiempo de evitar la catástrofe. Feliz año. 

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