La pena de Peter Lorre


Cada vez que un crimen terrible sale a la luz, surgen analistas en los medios a exponer sus peculiares hipótesis sin que medie moderación alguna. Cuando las autoridades dan con el culpable, todo el mundo critica su actuación independientemente de si es criticable o no, generalmente haciendo una interpretación torticera de la realidad o acudiendo a las teorías conspiracionistas más delirantes. Esto suele culminar en reivindicaciones contra la dureza de las penas que cumplen los criminales, que casualmente siempre es inferior a la que mucha gente desearía. Aunque en algunos países con penas más duras existan más crímenes, y aunque nuestro país sea uno de los países de nuestro entorno donde la violencia es más baja.

Este vigilantismo de andar por casa a veces se reviste de lucha social. Es muy fácil achacar los crímenes violentos como el cometido contra Diana Quer a algo difuso: la sociedad, el sistema, el capitalismo, el éter. Hay que cargar la culpa a todo el mundo, no solo a quien ha perpetrado un crímen. Todo está mal. En cierto modo, en el fondo, es cierto que siempre podemos mejorar en prevención de estos sucesos y que la reducción al máximo e incluso la erradicación de la violencia es algo a lo que toda sociedad sana debe aspirar. Pero, desgraciadamente, no es cierto que en otro tipo de sistema esto pudiera dejar de ocurrir, y todavía es menos cierto que podamos vivir algún día sin algún grado de violencia.  En la URSS, Andrei Chikatilo estuvo asesinando mujeres, niños y niñas desde finales de los años 70 del pasado siglo hasta principios de los 90. Alrededor de cincuenta víctimas cayeron en sus manos. Más o menos en la misma época, el archifamoso Ted Bundy cometía uno de sus primeros asesinatos en Canadá, en 1974, y siguió asesinando mujeres durante casi toda la década en Estados Unidos. En los años noventa, Javed Iqbal, apacible ingeniero químico, envió una carta a las autoridades jactándose de haber asesinado a más de cien jóvenes, lo que provocó la mayor caza a un asesino que jamás habían realizado las autoridades pakistaníes. En 2010, Farid Baghlani, que había confesado el asesinato de dieciséis mujeres y niñas, fue ejecutado en Irán. Las familias de las víctimas de Baghlani repartieron caramelos y otros dulces el día de su ejecución. No hay cultura ni sociedad ni país que no albergue en algún momento un monstruo de estas características. No hay un rincón en la Historia que no albergue alguna terrorífica historia criminal. 

No existe el paraíso en la Tierra, ni utopía o justicia social que elimine en su totalidad casos como los arriba mencionados. En los años 60, el paraíso hippie, tan igualitario en su apariencia, dio lugar a la pesadilla de Charles Manson o al castrado Marshall Applewhite, líder de la secta ufológica 'Puerta del Cielo' que provocó el segundo suicidio en grupo más numeroso después del de los acólitos de Jim Jones en su particular pesadilla utópica, aunque en este último caso hay indicios serios de que muchos de ellos fueron simplemente asesinados, entre ellos los niños. Con demasiada frecuencia, quienes proponen un mundo feliz o un espacio feliz ajeno al resto de la corrupta y violenta sociedad, pretenden liderar ese espacio o ese mundo con mano de hierro.

Nuestras sociedades son cada vez menos violentas, pero a veces la cobertura mediática de algunos sucesos pueden generar la sensación de que no estamos seguros. Que no puedes ir por la calle de madrugada sin que te asalte un destripador con capa, chistera y cuchillo en mano, o puedes morir de un disparo en un país donde casi nadie tiene armas de fuego. O que hay toda una legión de ex-militares del este de Europa dispuestos a robarte el chalé y asesinar a tus hijos. Como aquella chusma delincuente que pretendía juzgar a Peter Lorre en «M» de Fritz Lang, la gente pide, incluso, la pena de muerte, o niega el derecho a la reinserción de delincuentes comunes aprovechando que tenemos un asesino en serie suelto. Y aquí está la que para mí es la mayor grandeza de la democracia: las condenas no dependen de la sed de sangre que tengan los espectadores del programa de Ana Rosa Quintana ni del análisis de la personalidad a través de la grafología que realice alguien en televisión disfrazado de sensatez científica.  Como en la película de Fritz Lang, al final es la Ley, el Estado, quien pone la mano sobre el hombro del delincuente para juzgar y condenar llegado el caso. La democracia, el Estado, los jueces, no aplicarán las penas correspondientes que les parezcan más justas a los que gritan más - o al menos así debería ser - , y la mano salvadora del Estado no salvó a Peter Lorre de una condena segura, pero sí de la injusta y crimiinal condena de las antorchas.

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