Diana y la cadena perpetua


Las democracias avanzadas de Europa, y sobre las que no pesa atisbo de duda en su respeto a los derechos humanos, contemplan la figura de la cadena perpetua en sus códigos penales. Italia, Alemania, Francia, Reino Unido, etcétera. Hay muchas más naciones, la mayoría. En España esta medida se implantó en 2015 con mayoría absoluta del PP en el Congreso. Duró poco. Pronto la recurrió la oposición al Tribunal Constitucional. Hace un par de meses, el Parlamento comenzó el proceso de derogación de la misma a iniciativa del PNV. Votó en contra el PP y se abstuvo Ciudadanos. El resto no quieren la cadena perpetua revisable en nuestro código penal. El PSOE, que ha gobernado España durante más de veinte años, tampoco. Se habla de buenismo para justificar nuestra tendencia a edulcorar la realidad. A pensar que los delincuentes son gente maravillosa y a ningunear a sus víctimas.

Han sido cuatro décadas de oprobio franquista las que nos han traído hasta aquí. Padecemos traumas serios. Somos una sociedad tan acomplejada que hasta algunos ven bien hacerse fotos con Arnaldo Otegi, y mal otorgar una parte de la renta a la iglesia católica. Bien santificar el humor de la izquierda («Quemar iglesias me parece una barbaridad si no hay nadie dentro», escribió un ínclito personaje defendido por el podemismo y las huestes políticamente correctas) y mal que se monten belenes con el niño Jesús en las casas consistoriales. Somos, repito, un pueblo acomplejado. Y esos complejos empujan a algunos a pensar que son moralmente superiores al resto opinando lo que opinan. Hay mil casos.

Hoy me limito a la cadena perpetua. Se creen mejores personas que los que pensamos que la cadena perpetua es necesaria y justa. Y en la supuesta superioridad moral de los unos sobre los otros va escrita la historia más negra de España. Estos días se hablará de nuevo de la cadena perpetua tras la aparición del cadáver de Diana Quer y la detención de un miserable. Será breve. El PP seguirá estando solo en defensa de su código penal.

Enfrente todos aquellos, PSOE incluido, que pretenden dar lecciones de ética a los que pensamos que la gente perversa debe estar alejada, por siempre, de la buena gente.

Somos una sociedad tan acomplejada que incluso hasta algunos ven bien hacerse fotos con Arnaldo Otegi

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