Se va. Artur Mas, conocido como Arturo en su casa a la hora de comer, se aparta. Oriol Junqueras se declara un hombre de fe y es cierto que siempre ha sido un creyente del independentismo. Mas, en cambio, fue un converso que vio la luz hace poco. Es un político reversible. Un tipo flexible hasta el extremo, digno del Circo del Sol. De hecho, se marcha regresando casi al punto de partida. A esos tiempos no tan lejanos en los que alertaba de la fractura social que podía generar el secesionismo. Porque ahora asegura que con el 47 % de los votos no puede haber independencia. De repente ha descubierto las matemáticas. La suma y la resta. Durante años se dedicó a la multiplicación de los unos y a la división de todos. Para entender por qué este camino y no otro, seguramente hay que remontarse a junio del 2011. Y a un vuelo en helicóptero. Porque así tuvieron que entrar en el Parlamento catalán Mas y Núria de Gispert, presidenta de la cámara. Entonces el edificio estaba asediado por indignados. Los concentrados todavía recordaban la carga de los Mossos en la plaza Cataluña. Había cólera en el aire. Pero Mas fue el ingeniero que canalizó toda esa ira hacia otra parte. Desvió las miradas. Él, uno de los príncipes de los recortes, colocó la diana en Madrid, en España. Los convergentes se unieron a antiguos adversarios, cambiaron su nombre, sus principios. Todo para no ser devorados por esa calle que tanto alaban ahora. Supervivencia política descarnada. Mas, procesado por el primer referendo y sacrificado en el altar de la CUP, se convirtió en el primer mártir del procés. De Gispert comenzó a escupir xenofobia en Twitter. Nombres propios de la casta se transformaron en héroes del pueblo. A todos se los ha comido Puigdemont. Es como el Saturno de Goya, pero devorando a sus padres.

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El converso