Oprah, santa súbito


¡Has ganado un coche! ¡Y tú has ganado un coche! ¡Todo el mundo ha ganado un coche! Uno de los momentos memorables de la historia de la televisión en EE.UU. suena a la voz de Oprah Winfrey regalando un Pontiac de 24.000 euros a cada una de las 276 personas del público de su programa. Poco importa que la apoteosis altruista escondiera una descomunal promoción de la General Motors. Para aquellos que a lo largo de 25 años vieron a esta mujer hecha a sí misma entrevistar a celebridades, cumplir sueños imposibles de los espectadores y auspiciar reencuentros de familiares distanciados (incluido el suyo propio con una hermanastra desconocida), las llaves de los vehículos parecieron brotar de sus manos.

Con el empaque y el dominio escénico adquiridos en años de profesión, la reina del talk-show pronunció en los Globos de Oro un enardecedor y calculado alegato contra el acoso sexual, la pobreza y la discriminación racial en el que equiparó a actrices de Hollywood, científicas y limpiadoras domésticas. La indiscutible sensatez del discurso, unida a su manejo del énfasis y la oratoria, originó una revelación mística, síntoma de una acuciante necesidad de liderazgo político. ¡Oprah, santa súbito!, apremió el auditorio, que en cuestión de minutos la convirtió en candidata in pectore a la Casa Blanca, como si el don de la palabra fuese el único requisito necesario para el papel.

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