Nuevos mesías


Por un momento pensé que la coincidencia del Brexit en Gran Bretaña y la victoria de Trump en Estados Unidos eran síntomas de una suerte de locura colectiva anglosajona que se propagaba a una y otra orilla de la Atlántico. Pero la verdad es que no, primero porque soy más que escéptico respecto a las idiosincrasias nacionales y, a medida que van pasando los meses, se aprecia que lo más similar al Brexit es el procés catalán por sus fantasiosas expectativas de recuperar una soberanía nacional que ya no existe y también por los ingredientes de supremacismo chovinista que son parte fundamental de ambos episodios. Además, las últimas semanas han puesto de relieve que quizá Trump sólo sea el primer capítulo de una serie más larga por venir.

Sería llamar arroyo al Amazonas y colina al Himalaya decir que Oprah Winfrey es una megaestrella de la televisión norteamericana, es mucho más. Son del todo vacuas las comparaciones paletas que han intentado establecerse entre Oprah y otras comunicadoras matinales del terruño por muy líderes de audiencia que sean. Winfrey es un icono mediático sin parangón y una recomendación breve por su parte de un libro que le pareció interesante puede convertirlo en el mayor éxito de ventas. Winfrey declamó un discurso en la ceremonia de los Globos de Oro que hizo crecer las especulaciones sobre si en el futuro podría optar a presentarse a las elecciones de su país. Pocas horas después, el fatuo habitante actual de la Casa Blanca presumía en tuiter de que sería capar de ganar a la presentadora si fuera menester. A comienzos de los 80 se extendieron las bromas sobre el pasado de Reagan como actor antes de ser presidente, al final terminó siendo un símbolo del conservadurismo que, junto a Thatcher, remodeló el mundo del presente y allí están muchas de las semillas de la crisis y gran recesión que nos estamos comiendo todavía hoy.

Podríamos encontrarnos muy pronto en EEUU una competición presidencial con Trump lanzado a renovar mandato, con Oprah probando suerte y quizá también, ha sido otra de las especulaciones que viene sonando desde hace tiempo, con que se lanzara a la aventura el fundador y dueño de Facebook, Mark Zuckerberg, por si controlara ya poco la vida de la gente. Podemos intentar consolarnos pensando que es precisamente el sistema norteamericano el que fomenta esta deriva pero lo cierto es que acabamos de vivir cómo se desmoronaba el partido socialista francés y se aupaba sobre los grupos de derecha tradicionales un Macron casi todo envoltorio, empujado por una plataforma casi improvisada, y cuyo principal valor es que no era Le Pen. En Italia no hace tanto que hubo un primer ministro tecnócrata que no pasó por las urnas, y ahora el país afronta unas nuevas elecciones en las que podría resultar la fuerza más votada el populismo del Movimiento Cinco Estrellas o una coalición de derechas en la que también estará, oh sorpresa, Berlusconi. En España ha habido también bastantes dosis de mesianismo en muchos procesos políticos, aunque más en clave interna que de cara a trata de jugar esa baza delante de un electorado que no suele emocionarse con esa treta. De momento, quizá porque no ha aparecido el intérprete adecuado.

En todo caso, y aunque apareciera alguien muy majo y que ti particularmente te pareciera que ese alguien tan singular está lleno de bondades y sinceridad, este camino es un desastre porque en la política deben afrontarse decisiones muy complejas que exigen enormes esfuerzos colectivos y que sólo son serios cuando tienen un sostén ideológico contundente. Aunque luego se haga la mitad de la mitad de lo que se dice, con muchas trabas y decepciones, esa es la manera de urdir unos mimbres como es debido para lo siguiente. Confiar en un elegido del destino para que nos guíe por su carisma y arte de magia al paraíso ese que está a la vuelta de la esquina siempre acaba mal. Siempre.  

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