Catedrático de Fisiología de la UDC y presidente electo de la Sociedad Española de Neurociencia (SENC)

No hay posible humor en esta crónica, solo una gran preocupación y una sensación de indefensión por la parálisis (y aparente ignorancia) de los que nos representan. Está divida en dos historias:

A principios del siglo XIX, una expedición que partió de A Coruña llevó al nuevo mundo la esperanza para librarse de una lacra mortal, la viruela. La Expedición Filantrópica de la Vacuna, conocida como expedición del doctor Balmis, certificó el inicio de una época gloriosa para la medicina y el bienestar de la humanidad y fue seguida de memorables hitos para nuestra prosperidad: erradicación de la polio, el tétanos, la tosferina, la difteria… A escala planetaria, pocos avances científicos han sido comparables con el éxito de las vacunas, si acaso los antibióticos y algo más general y mucho más intangible: la importancia de la ciencia y el método científico como motor y salvaguarda de nuestra especie, que en palabras de Thomas Henry Huxley, no somos más que «monos sofisticados que se sienten como ángeles atrapados en el interior de cuerpos de bestias, ansiando la trascendencia y continuamente tratando de extender nuestras alas y emprender el vuelo... monos que quieren volar».

En 1630 se establecieron en la costa este de EE.UU. unos colonos que habían partido de Suffolk, Inglaterra. Entre ellos, con el tiempo y bajo los dictados de la ignorancia y la funesta influencia de la religión y la política imperante, se sacrificaron en la hoguera cientos de mujeres (y hombres) bajo la acusación de brujería, lo que se conoce como la quema de brujas de Salem. La falta de conocimiento científico trufado con la prepotencia derivada de una deletérea mezcla de religión extremista e ignorancia sobre todo lo demás, confundió infestación sobrenatural con causas muy terrenales; un defecto genético del que se derivan terribles consecuencia neurológicas, la enfermedad de Huntington.

Y así están las cosas. Después de grandes esfuerzos para asegurar nuestro futuro intentando demostrar que la ciencia es uno de los pilares más sólidos para el porvenir, nos encontramos con una de cal y otra de arena. Lo más difícil, el Huntington, ha recibido recientemente alivio prometedor para el futuro (bien documentado en las páginas de este periódico), y ya, nunca más, la ignorancia tendrá (¡espero!) vela en este entierro.

Pero, ¡páfate! (de Mafalda, del original), en el territorio que la ciencia consideraba establecido, sólido y parte esencial de nuestro futuro, me refiero a la inmunología (las vacunas, para entendernos), por obra y gracia de incompetentes, indocumentados, gentes de mala práctica y peores políticos, de repente hemos retrocedido en el tiempo, la cultura y sus conquistas. Y, como siempre, no tiene consecuencias. Las barbaridades defendidas en nuestro nombre por servidores públicos deberían tenerlas. ¿Existe una indefensión mayor?

No hay final feliz en esta crónica. O prevalece la ciencia y la confianza de los políticos sobre ella, o volveremos a la hoguera.

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