Crónica negra de Oviedo


En la ciudad de Oviedo se producen cada año menos (a veces mucho menos) de media docena de asesinatos, la mayoría por violencia de género. Cuando ocurre, los medios les dedican naturalmente miles de palabras: los sucesos violentos y especialmente los homicidios nos fascinan más de lo que querríamos reconocer. Las víctimas y los agresores con sus nombres y apellidos, las circunstancias, los antecedentes, todos los datos acaban siendo familiares a todo el mundo. Se hace de un crimen un caso concreto, único, que permanece en la memoria, forma parte de la historia de la ciudad a veces durante muchos años.

Sin embargo, y aunque parezca contradictorio, creo que esta microeconomía de lo morboso es un indicador de paz: lo raro en una capital de una comunidad y un país bastante pacíficos es, precisamente, el crimen. Si Oviedo estuviera en El Salvador cada año registraría 217 asesinatos al año, unas cifras próximas al estado de guerra. Imagínense el caos; no daríamos abasto con una crónica negra tan hipertrofiada. Piensen en cómo sería tener dos casos violentos cada tres días, más o menos.

Pero esos números son reales en el país centroamericano, según una estadística del Banco Mundial (por cierto, es más bien inquietante que el Banco Mundial elabore estos datos). El Salvador registra 108  asesinatos al año por cada 100.000 habitantes. Honduras ocupa el segundo lugar(63), seguido de Venezuela (57), Sudáfrica (34) , Brasil y Colombia empatados (26) y México (16). No se puede dejar de notar, desgraciadamente, que de esos siete primeros países de este lamentable ránking, 6 son latinoamericanos. Obviamente, han excluido de este listado infame a los países en guerra, donde las cifras son enormes, además de difíciles de calcular.

Curiosamente, España es uno de los siete países menos violentos del mundo, con una tasa de 0,7 asesinatos por cada 100.000 habitantes al año. Y contra pronósticos agoreros, la tasa no aumentó ni con la crisis, ni con la tremenda oferta televisiva de películas y series con crímenes, ni con los videojuegos ni otras mandangas. Esto desbarata las tontas explicaciones que una manada de 'expertos' suele esgrimir para explicar el problema de la violencia. Lo cierto es que somos cada vez más tranquilos, más viejos, más civilizados o más pasivos o todo ello a la vez. En cualquier caso, es un raro lujo vivir en una ciudad en la que pasear por la calle a cualquier hora es menos peligroso que el colesterol.

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