Facebook


Mark Zuckerberg es ese genio al que se le quedó pequeña la canción de Roberto Carlos. Sonaba exagerado aquello del Yo quiero tener un millón de amigos. Pero ahí está el chaval de las chanclas, con sus más de 2.000 millones. La oportunidad de seguirle la pista al hermano que se busca la vida en Londres, al amigo que viaja por Francia, al antiguo compañero de pupitre. El mundo nunca ha visto nada igual. El invento es una especie de estado paralelo, regido por sus propias normas, al margen de vulgares corsés que se ciñen otros países, otras estructuras. Crece en una suerte de limbo (aunque Benedicto XVI diga que ya no existe). Facebook también se ha convertido en el mayor editor. Asume las ventajas de su papel dominante, pero las responsabilidades se le cobran mucho más baratas que a otros. ¿Culpas? Ahí van las disculpas. ¿Problemas? Nuevo algoritmo. Mientras, contribuyó a que se extendieran los bulos y las fake news. Vetando desnudos renacentistas y al mismo tiempo emitiendo suicidios en directo y permitía símbolos nazis. Sarah Katz, de 27 años, contó al Wall Street Journal que veía hasta 8.000 mensajes al día cuando trabajaba como censuradora de Facebook. Un catálogo que incluía violencia extrema, proclamas xenófobas y pornografía. Trabajaba en una subcontrata.

Una vez que la bola de nieve ha pasado por encima de muchas cosas, Zuckerberg vuelve a los orígenes, a priorizar el contenido de amigos y familiares. Para que no se le acuse de ser la correa de transmisión de noticias falsas decide arrinconarlas todas. Habla de conexión, aunque no menciona que al final de todo el objetivo es el de siempre: ganar más dinero. El magnate dice que donará en el futuro el 99 % de sus acciones a fines benéficos. En lugar de pegar platos rotos más tarde debería ser más honesto ahora con su bazar.

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