Imperativo legal y mandato popular


Hoy comienza otra vez el serial catalán. Y comienza, como es natural y tradicional, marcado por las falacias. Se constituye el Parlamento y habrá que elegir al presidente, a los vicepresidentes y secretarios y a la Mesa. Falacia primera que asoma antes de las votaciones: la coalición formada por Común-Podem jura por sus muertos que no es independentista, pero hará que la presidencia caiga en manos de un independentista. La fórmula será disimular neutralidad y votar a su propio candidato. La consecuencia será que salga elegido un diputado o diputada de Esquerra y se consolidará el rodillo separatista que, como también es tradicional, tratará de anular la voz del constitucionalismo. Podría votar al candidato de Ciudadanos, que es el partido que ganó las elecciones, pero eso sería bochornoso para el equipo de Ada Colau, que se contaminaría de españolismo y en Cataluña no se perdona que se dé agua a quien propugna la unidad del Estado.

Falacia número dos: la fórmula de juramento de gran parte de los diputados secesionistas, empezando por el inefable Carles Puigdemont. Juraron la Constitución «por imperativo legal» y la mayoría añade la coletilla de la lealtad al mandato del pueblo. El imperativo legal ya sabemos lo que es: una forma de decir que no les queda más remedio, pero les permite seguir controlando el poder. El respeto a la Constitución se perderá, con imperativo o sin él, cuando decidan desobedecer, que no tiene fecha, pero sí intención. El mandato del pueblo también sabemos qué es: decir cuando corresponda que la voluntad popular ha sido inequívoca en el referendo y que la mayoría parlamentaria es el pasaporte para seguir reclamando la república. Esas van a ser las bases del comportamiento político en una legislatura que se vaticina tormentosa.

Y falta, naturalmente, el colofón: que el fugado de Bélgica decida pasarse por el forro el informe del servicio jurídico del Parlament y presentar su candidatura. Sospecho que lo hará, por mucho que le digan que por delante de él está el interés de Cataluña y por mucho que Rajoy avise de que sería razón suficiente para mantener en vigor el artículo 155. Este hombre, subido a la escalera de su ego, endiosado por la brillantez de su protagonismo, alentado por los paniaguados que esperan de él una lluvia de maná y desesperado ante su falta de futuro, es capaz de provocar cualquier catástrofe con tal de eludir la cárcel y seguir siendo el centro de atención mediática.

Veremos lo que hace, con qué apoyos reales cuenta o si al final termina por dividir también al independentismo. Pero, como todo es lamentablemente posible en Cataluña, estemos preparados para todo. Por supuesto, para que nos gobierne el Tribunal Constitucional.

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