Por un cambio de política


Intentaré no hablar más de Cataluña hasta la investidura mágica de Puigdemont. Pero hoy, si me lo permiten, me parece precisa alguna mínima reflexión sobre lo ocurrido ayer dentro y fuera del Parlament cuando se inauguraba la XII legislatura. Dentro, aunque nos duela, se hacía visible la fortaleza del independentismo. Como en la legislatura bruscamente cerrada, los partidarios de la independencia sumaron mayoría suficiente para controlar la Cámara, al margen del favor que les hicieron los supuestamente equidistantes diputados de Catalunya en Comú y Podemos. Fuera del Parlament, en los medios informativos y en algunos círculos políticos, hubo un festival de caricaturas sobre el momento político catalán, sus actores fundamentales y el horizonte que se abre en aquella comunidad. Supongo que el Gobierno de Rajoy y todo el conservadurismo habrán celebrado esa intención de ridiculizar el problema catalán.

Cuidado. El recurso del chiste fácil o los voluntariosos imitadores del ingenio de Albert Boadella entretienen y divierten mucho. Incluso enardecen a los contrarios al secesionismo; pero no se ha demostrado que sean eficaces para reducir el número de votos independentistas ni para aumentar el número de partidarios de la unidad de España. Ahí están los resultados de las encuestas que miden la españolidad de la sociedad catalana y ahí están los resultados de las últimas elecciones. Y lo que hemos visto ayer, más allá de las falacias y las trampas, es que el independentismo tiene todo el derecho a formar gobierno y que el españolismo, por muy deseable que sea, no lo puede ni intentar.

Esa es, sigue siendo, la realidad de la Cataluña política. Y se podrá aplicar el 155 y amenazar con volverlo a aplicar y meter a líderes en la cárcel y avisar del hundimiento económico si no hay un abrazo con España, que no se cambiará esa realidad, sino que posiblemente se empeore.

Digo esto por lo dicho siempre: las terapias de urgencia sirven para unos días, no para resolver un problema de la dimensión del catalán. Si la política seguida hasta ahora sirvió para alimentar el independentismo, para crear un clima hostil hacia el Estado, incluso para debilitar la Corona en aquel territorio, hay que cambiar esa política. Cambiar la política no es renunciar a la integridad nacional, ni mostrar debilidad ante el soberanismo, ni dar satisfacciones a quienes están siendo calificados como traidores. Es, por el contrario, tomar conciencia de que algo no funciona y de que deteriora la unidad del Estado. Y es asumir una responsabilidad histórica antes de que sea tarde. Y, señores, cada día que pasa es un poco más tarde. De momento, el soberanismo está recuperando el poder.

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