El Gran Hermano somos nosotros


En 1984, justo cuando se alcanzó la fecha en la que Orwell había situado la acción de su novela escrita tres décadas antes, la informática aparecía como un ente liberador frente a las sociedades totalitarias y el pensamiento único. El famoso anuncio del Macintosh realizado por Ridley Scott mostraba el ordenador como un martillo del Gran Hermano que adoctrinaba a las masas; una hermosa muchacha destrozaba con él la pantalla desde la que se dirigían soflamas alienantes y represoras.

Treinta años después podemos decir que Internet se ha convertido en la mejor plataforma para crear una sociedad orwelliana, desde donde manipular la información y practicar una vigilancia masiva. Pero, tanto en 1984 como en el 2018, quienes están detrás de la tecnología utilizada para controlar a la población no son las máquinas: somos nosotros mismos.

Ningún Gobierno o corporación es tan poderoso como las redes sociales, que pueden dirigir la opinión pública con un simple comentario en Facebook o Twitter. Usuarios amparados en el anonimato entran en foros, chats y en las noticias de los medios y sentencian, aleccionan, tergiversan o directamente mienten. Ya no hace falta que un organismo superior nos vigile, porque somos nuestros propios censores y difusores de lo políticamente correcto. Lo estamos viendo estos días con el movimiento #MeToo, que ha puesto bajo sospecha a todo el género masculino y cualquier acercamiento a una mujer puede ser interpretado como acoso. Y quien se atreve a discrepar públicamente, como Catherine Denueve, es puesto en la picota y obligado a matizar sus declaraciones.

Podemos acusar sin pruebas y provocar una reacción que condene a una persona al ostracismo profesional o al repudio social. Somos rehenes de las propias aplicaciones que usamos, como WhatsApp, que guarda todos nuestros mensajes, fotos y vídeos y pueden después ser usados en nuestra contra. Llevamos permanentemente un móvil que tiene ojos y oídos para espiarnos, y empezamos a adoptar otros aparatos que anulan la privacidad en el hogar, desde asistentes digitales a aspiradoras con cámara. Hemos creado nuestra propia distopía.

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