En El hombre que fue jueves, Chesterton imagina una conjura anarquista en el Londres de comienzos del siglo XX en la que, al final, se descubre que todos los partícipes eran infiltrados de la policía. Los escritores católicos ingleses, por ser una minoría, desarrollaron un ingenio y un gusto por la tolerancia que nunca tuvo reflejo en el continente donde a sus compañeros de fe se le atrofiaron ambas virtudes, en general poca agudeza y nula transigencia y flexibilidad.

El autoritarismo, el pensamiento cavernario y retrógrado, los mimbres del ur-fascismo que describió Umberto Eco, tienen una (lógica) muy mala fama así que a pocos de sus adeptos les gusta ser reconocidos así y desde hace décadas se envuelven en el disfraz de «liberal» para justificar las atrocidades más reaccionarias que se les ocurren. Lo hacen periodistas, políticos y también grupos de presión, lobbies vestidos de abuelita que si les preguntas por esas orejas tan grandes que tienen te contestan que son para oírte mejor. Uno de ellos es el Club de los Viernes, con mucha presencia en Asturias porque de aquí son varios de sus miembros destacados y por la cancha sin freno que les permite la prensa impresa. Este grupo lleva meses con una campaña incendiaria contra la posibilidad de que en el futuro se apruebe la oficialidad de la lengua asturiana y lo han hecho sin remilgos y sin escrúpulos, dispuestos a usar cualquier patraña para tratar de infundir entre la opinión pública el temor al Apocalipsis bablista que se nos avecina. Consiguieron colar en Antena 3 una pieza (locutada en Madrid y quiero creer que no escrita en Asturias) con una visión totalmente distorsionada sobre los supuestos costes de la medida, con un planteamiento tergiversado sobre los apoyos en los partidos políticos, y con una selección «casual» de viandantes opinando en la calle sobre el asunto en la que aparecía uno de sus dirigentes así como si pasara por allí.

La última hazaña fue difundir que en un instituto de Gijón se obligaba a los alumnos a estudiar un libro sobre el nacionalismo asturiano en la asignatura de Cultura Asturiana. Curioso porque esa asignatura es de primaria, y el libro además una tesis doctoral muy poco probable para estudiantes de 12 años. Pero la noticia fue objeto de debate en la Cope nacional, protagonizó piezas de Ok Diario y La Gaceta, consiguió comentarios indignados de Hermann Tertsch… Pero resulta que la mentira no sólo era evidente, es que era intencionada. La cuenta de Twitter que difundió la trola se destapó en la noche del viernes como una parodia deliberada que había tratado de forzar los límites hasta ver dónde podrían encontrar freno sus seguidores. No lo había, se propagaron comparaciones de los partidarios del asturiano con ISIS y los campos nazis de exterminio, el autor de la cuenta se ofreció a presentarse con actores que fingieran ser los padres del alumno supuestamente adoctrinado en Gijón y hasta fingir una agresión con pasamontañas y lanzamiento de madreña en uno de los actos organizado por el colectivo el un club de prensa de Oviedo. Coló todo, y he aquí el gran problema.

Es un debate internacional la propagación de falsedades, bulos y «fake news» en varios países, a menudo con el objetivo de alterar resultados electorales y hasta Facebook quiere reformar la manera en la que se enlazan noticias en sus muros para tratar de evitar este fenómeno. Muchas veces las mentiras proceden de medios minoritarios y hasta improvisados pero ¿qué hacemos cuando diarios reconocidos dan cancha a sus artimañas, no sólo publican sus artículos sino que acogen sus conferencias? ¿qué pasa cuando el alarmismo monstruoso salta de las redes sociales a la boca de concejales electos? En el concejo de Grao, los ediles no adscritos y el PP local del que provienen se unieron días atrás para denunciar el «adoctrinamiento» que supone que el consistorio regale a los padres de cada recién nacido en el municipio un libro en asturiano. ¡Adoctrinamiento, regalar un libro para bebés! Otro concejal del mismo partido en Castrillón se puso como una fiera en diciembre porque se hablara en asturiano en el pleno y hasta afirmó que era «ilegal», prueba evidente de su desconocimiento absoluto de la legislación, con improperios faltosos del cariz de «no quiero me llamen aldeano».

La escalada de mentiras y falacias creció lo suficiente en el último mes para que la Academia de la Llingua tuviera que salir a la palestra a desmentir tal cúmulo de embustes. Y lo cierto es que el episodio no es nuevo. Año atrás, en la protohistoria del Internet español, antes de las redes sociales en el reino de la blogoesfera ocurrió un caso similar cuando un usuario, con el apodo de Manchego, coló en Red Liberal una serie de artículos a cada cuál más cafre: desde la defensa de la esclavitud por deudas a la libertad de comprar órganos humanos para comérselos. Todos tuvieron amplio predicamento y aceptación en ese submundo de la más sórdida carcunda que se hace llamar liberal. Pero el verdadero drama no es la existencia de estos nibelungos del blockchain sino la irresponsabilidad absoluta de periódicos, canales de televisión y partidos que les sirven de altavoz.

Desde luego en el Club de los Viernes al menos uno era jueves, y los dejó con el culo al aire. Habrá que decir ya de una vez que tampoco ninguno de sus miembros es liberal de verdad (todos aman con pasión esa subvención que es la escuela concertada) sino que usan la palabra como coartada para propagar el odio, la desinformación y la ley del más fuerte. Y eso tiene otro nombre.

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El club de los viernes que eran jueves