Un poco más fácil


En un capítulo de la extraordinaria El Ala Oeste, uno de los asesores del presidente Bartlet toma una copa en el bar del hotel de Indiana en el que está alojado. Coincide allí con un hombre de mediana edad que acompaña a su hija a ver universidades por el país. Les ha gustado especialmente la de Notre Dame. Tanto, que el padre piensa que su hija no conseguirá pegar ojo en toda la noche de la emoción. El hombre, al igual que su mujer, tiene un sueldo medio. También algo de dinero invertido en bolsa, aunque apenas le renta. Aun así, tiene la ilusión de pagar a su hija esa universidad. Es su reto como padre. No pide que se lo regalen. Solo que le ayuden un poco, que las cosas sean un poco más fáciles. Porque en ese poco, cree, está la diferencia.

La petición de ese padre estadounidense podría ser la de cualquiera de nosotros, cualquier ciudadano europeo. Ser autónomo, tener tu primer trabajo, poner en marcha una empresa, conciliar, sentirnos acompañados en nuestra vida laboral, cada vez más incierta... debería ser un poco más fácil. No me entiendan mal. No se trata de regalar nada. Tan solo una ayuda, un viento de cola, para completar un proyecto vital del que, finalmente, todos nos beneficiaremos como sociedad.

Desbordadas por la falta de recursos y por unos cambios sociales revolucionarios, para la Administraciones Públicas en Europa resulta tentador dar un paso atrás ante esta demanda. Centrar su actividad en los sectores más necesitados, confiando en que la iniciativa privada satisfaga a la clase media. Sin embargo, este espléndido aislamiento administrativo no anticipa nada bueno. Una clase media abandonada por lo público escogerá opciones políticas que prometan apurar aún más los recursos administrativos. La escasez se volverá endémica, peligrando la capacidad de la Administración para servir al interés general. Este aislamiento tampoco es justo. La legitimidad de aquélla descansa en el servicio que presta a la sociedad. A toda ella.

Superar esta situación no pasa por buscar adversarios ni confrontación. Al contrario, exige a la Administración cooperar con todos los sujetos y aprovechar todos los recursos que coexisten en el rico ecosistema que es una sociedad moderna. La Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea ofrece un asidero prometedor al reconocer en su artículo 41 a los ciudadanos europeos el derecho a una buena administración. Confiemos en que los tribunales comunitarios acaben incluyendo en su contenido esas pequeñas ayudas que, sin duda, marcan grandes diferencias.

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